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PSICOLOGÍA | LAS CLAVES Los hijos no son una prioridad

Autor:
Manuel Lage
Fecha de publicación:
Hora:
Actualizada a las 19:23 h

Las primeras consecuencias de una ruptura de pareja son generalmente peores de lo que la pareja esperaba cuando tomó la decisión. Tanto la felicidad, como la autoestima, como el estado financiero, se ven profundamente afectados. El daño es aún mayor si el nivel de intimidad era alto y si se llegaron a compartir diferentes compromisos (propiedades, amistades y, sobre todo, hijos).

El divorcio es algo más que un proceso legal. Toda ruptura familiar conlleva, además de un proceso legal, un proceso emocional, personal y psicológico, que afecta a los adultos, pero también a los hijos, si los hubiera.

El problema del divorcio no es sino «el mal divorcio». Es frecuente que en el primer año de ruptura los ex cónyuges sientan más rabia hacia su ex pareja que durante los últimos meses de matrimonio: las disputas sobre pensiones, custodias, bienes...; el círculo de amistades, que también suele resentirse porque les cuesta mucho relacionarse (o posicionarse) con ambos miembros de la pareja; el trabajo, en el que también pueden surgir problemas debido a la inestabilidad del trabajador, y la presencia de hijos, que aumentan la carga financiera y obligan a seguir manteniendo el contacto con la otra parte, contribuyen a la dificultad de adaptación al nuevo estado civil.

Por esas y otras razones, una pareja que decide no continuar unida debería saber que:

n La ruptura no tiene por qué significar un fracaso personal, puede servir como la oportunidad para corregir errores y madurar. También puede ser una nueva oportunidad para hacer cambios drásticos que nos ayuden a encontrar la felicidad.

n Nunca, nunca, jamás, se deben utilizar a los hijos. Se separan los padres, no los hijos. La separación de una pareja no significa la pérdida de ninguno de los progenitores, ni la anulación de sus obligaciones. Los hijos no son propiedad exclusiva del padre o de la madre. También, si es el caso, debe facilitarse la adaptación del menor a las nuevas parejas, con tacto y progresivamente, por parte de los dos progenitores.

n Siempre es mejor un mal acuerdo que un buen pleito: si no se soportan, si no son capaces de dialogar por el bien común, busquen ayuda profesional, un interlocutor o mediador, objetivo, que les aconseje y oriente.

La mejor separación es la de mutuo acuerdo. Agotar todos los recursos para llegar a un pacto pacífico no solo beneficia a todos sino que es fundamental para recuperar la estabilidad psicológica y emocional lo antes posible.

 

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