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O CEBREIRO, MIL AÑOS DE HISTORIA JACOBEA Los porteros del Camino

Diecisiete años después del primer Xacobeo, la aldea medieval de O Cebreiro ha conseguido rentabilizar su historia milenaria de asistencia al peregrino en su difícil entrada a Galicia

Autor:
Montse Carneiro
Fecha de publicación:
Hora:
Actualizada a las 20:51 h

Un día un peregrino le preguntó a O la Ostia dónde había nacido.

-Na barra.

-¡En Navarra! Qué bonita. De Roncesvalles salí yo.

O la Ostia vio que hablaban lenguajes diferentes, dio media vuelta y se fue entonando la canción que lo acompañó de por vida: «Yo no maldigo mi suerteeee, porque minero nacíííí...».

En O Cebreiro los intercambios vecino-peregrino suelen ser polisémicos. Sería raro que el peregrino entendiese al hermano de O Teixo. La barra era el cuarto de la palloza levantado sobre la cuadra de las vacas, donde se acomodaban los miembros de la familia que no ocupaban el dormitorio principal. Navarra es la comunidad de entrada del Camino Francés en la Península. O Cebreiro es la entrada gallega, y cuando los peregrinos llegan a esta aldea de ocho familias después del duro ascenso de La Faba, todavía en Castilla y León, pocos guardan fuerzas para ir de visita cultural.

Los que lo hacen se dejan guiar por Manuel González, o Pallozas, responsable del Museo Etnográfico desde hace 24 años, que los devuelve, entre avisos de «cuidado con las cabezas» y «pronto os acostumbraréis a la oscuridad», a un tiempo próximo en el que hombres y animales compartían espacio en una vivienda de funcionalidad portentosa: planta sin esquinas para favorecer la distribución del calor; muros bajos, muy gruesos y con escasos vanos, y cubierta cónica de paja de centeno curtida desde el interior por el humo de la lareira.

En O Cebreiro ya nadie vive en una palloza, pero una de estas construcciones de origen prerromano es lo primero que ven los peregrinos al llegar al poblado. Es también la prueba de su antigüedad, por mucha razón que lleve Pepines, el taxista, al afirmar que O Cebreiro existe porque existió un tal Xan Santín en la vecina Barxamaior: el hombre del milagro, el que subió en medio de un temporal de nieve a escuchar misa y provocó en el oficiante tal desprecio que el pan y el vino se convirtieron en cuerpo y sangre de Cristo. El cáliz y la patena, del siglo XII, pasaron al escudo de Galicia y se veneran en el santuario como el grial, cerca de la talla románica de Nuestra Señora la Real, que dicen que inclinó su cabeza ante la visión del prodigio.

Allí van todos los peregrinos tan pronto pisan suelo gallego para sellar sus credenciales. Este miércoles entró el madrileño Luis Castro con su cruz al cuello y su escudo del Temple, después de que Tomás, un personaje del pueblo leonés de Manjarín conocido como «el último templario», lo invistiera con los honores de caballero en un chamizo donde ofrece café y lo que se tercie a cambio de la voluntad.

Con él llegó Joseba Irarragori, con 600 kilómetros en las botas, pero aún desconcertado por un esfuerzo físico al que no acaba de encontrarle sentido, «si es que lo tiene». Y a ellos se fueron sumando los que venían atrás.

Aparecieron la austríaca Gina Ofenauer y su hermano Christian, a pie desde Saint-Jean-Pied-de-Port; Fernando, un brasileño que peregrina por quinta vez y habló de las endorfinas liberadas con el ejercicio que tan alto mantienen el ánimo del que camina; Agustín Coello, de A Guarda, amigo de los chamanes y de «oxigenar el alma»; Arantza Otamendi y Antonio Fernández, de A Coruña, satisfechos con «estos días tranquilos y sencillos en los que la única tarea es caminar, comer y dormir»; el japonés Chung Kyoo Oh, paulocoelhista; Miguel Herreras, de Valladolid, y por último, la pareja del pulpo, Olivier Rouault, Oli, trotamundos, y Álex Hernández, un ex empleado de seguridad del Camp Nou que a sus 28 años pidió la cuenta y, sin un duro en el bolsillo, arranca un viaje que durará años: «Voy aprendiendo a hacer cosas, ahora vendo carteras que fabrico con cartones de tetrabrik, y tengo un blog donde voy contando mi experiencia».

Por el Camino encontraron a personajes como el bautizado como Monje Volador, un budista español que peregrina con el hábito y la bandera tibetana para despedirse de la vida monacal antes de contraer matrimonio, o una mujer que viajó a la Cruz de Ferro para hacerse la foto que certificará el hallazgo de uno de los 12 lugares enigmáticos que el escritor Paulo Coelho ha planteado en su web y cuya resolución final (previa lectura de cuatro libros del brasileño) le reportará al ganador 10.000 dólares.

De lo humano y lo divino, de la voluntad casi unánime de terminar el Camino en Fisterra y de lo «auténtica que es la gente en invierno» hablaron los peregrinos en el bar de Pilar Armesto, sobrina de Elías Valiña, el cura que desde su llegada a O Cebreiro en 1959 hasta su muerte en 1989 se dedicó a recuperar el poblado, desenmarañar los tramos perdidos del Camino (o desviados por algún tabernero) y señalizarlo desde Francia con flechas amarillas, a la vez que preparaba la primera guía del peregrino de Roncesvalles a Santiago. En la hospedería contigua al santuario, parte del priorato fundado en torno al año 1000 por la abadía francesa de San Giraldo de Aurillac, Elías, su hermana Amelia y la sobrina Pilar atendían a los contados peregrinos, en su mayoría extranjeros, muchos viejos conocidos, que pasaban rumbo a Santiago. Y el resto de los vecinos se dedicaban a la ganadería, trabajaban en la mina cercana de Rubiais o en las antenas reemisoras de un monte cercano.

Pero llegó 1993 y Manuel Fraga, que había ganado sus primeras elecciones cuatro años atrás, le pidió a su conselleiro de Cultura que idease un programa de promoción turística de Galicia. Y Víctor Manuel Vázquez Portomeñe, hábil donde los haya, tejió con hilo fino el programa mayúsculo. El Xacobeo. Con su Pelegrín, con Julio Iglesias, el Monte do Gozo, la mercadotecnia y el presupuesto millonario.

En cama de tierra

O Cebreiro dio un vuelco. A comienzos de año, mientras una cuadrilla de trabajadores apuraba la pavimentación y el acondicionamiento de la red de suministro de agua y la electrificación del poblado, otro grupo ponía el laurel al nuevo albergue de peregrinos, con capacidad para 120 personas. Hasta entonces, los mochileros dormían en la vieja hospedería o, los más menesterosos, en el suelo de tierra de la palloza, con temperaturas bajo cero y una gruesa capa de nieve acumulándose delante de la puerta. «Pan con touciño era o máis que podíamos darlles, pero eles o recibían como o mellor do mundo», recordaba Lola do Brañego, hoy fallecida. «Aqueles si que eran auténticos, non se queixaban», recuerdan ahora.

Solo había un niño en la aldea, Diego. O Carolo tenía vacas, pero adelantándose a los acontecimientos abrió un bar con habitaciones en la parte baja del pueblo. O Brañego y O Chousas continuaron con sus trabajos en los repetidores. O Campelo se reponía del cierre de la explotación de zinc y plomo que Exminesa había decretado por sorpresa meses atrás. Y Elías había sido sustituido por un nuevo párroco, Félix Rielo, que compatibilizaba su labor pastoral con la dirección del Banco Gallego de Pedrafita.

Sin sobresaltos, pese a lo que se estaba cociendo en Santiago, transcurrió la vida hasta Semana Santa de aquel 1993, cuando una marea de autobuses, coches y gente a pie formó en el pueblo una procesión extraña y convulsa en dirección a Santiago. Semejante abarrote solo se esperaba para la romería del 9 de eptiembre con miles de ofrecidos peregrinando al santuario. Pero aquello era menos invasivo. El albergue, novísimo y cerrado a cal y canto, fue asaltado por un grupo de mochileros ajenos a los tiempos de las inauguraciones oficiales. Aparecieron las expediciones, los coches-escoba, los equipos de ciclistas, la juventud lanzada a un Camino que ofrecía cama gratis y libertad sin límites. La Xunta abrió una oficina de Información con Edita al frente, la descendiente de Xan Santín que de mayor quería ser peregrina. Y la cosa fue a más.

Hasta hoy. Diecisiete años después, en O Cebreiro viven las mismas ocho familias, aunque con ausencias notorias. Pero ya hay tres niños. Y cinco bares, otros tantos locales con habitaciones, dos tiendas de artesanía y una de comestibles. Son los porteros del Camino (aquí, Camín), comunicados directamente con Europa a través de una ruta de once siglos que puso ante sus ojos las vanguardias del mundo, de paso hacia Compostela.

 

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