Tuvo Samos un abad que era hijo de censor del franquismo. Se llamaba Pedro de la Portilla y él, de las islas Baleares, no ocultaba el dato, sabedor además de que los hijos carecen de responsabilidad alguna en lo que hacen los padres. Ese trato familiar con los periodistas hizo que Pedro de la Portilla, fallecido prematuramente, abriese el monasterio a los informadores.
Fruto de esa actitud liberal muy de agradecer fue el nacimiento, en las paredes de un monasterio de obligada visita (sin olvidar la capilla del Ciprés, frente a él y una joya arquitectónica), de una iniciativa que hoy figura ya en la reciente historia del Camino de Santiago: «Scríptum in Itinere. Amanuenses no Camiño» («Escrito en la ruta. Amanuenses en el Camino»), mediante la cual todo el mundo que pasaba por allí escribía o dibujaba algo relacionado con la ruta de peregrinación y luego todo ello se publicaba en un volumen.
Y tal cosa sucedía en un solar que ya en el siglo VI acogía a una comunidad religiosa, obviamente con otro edificio que en el VIII estaba abandonado. Del XVII-XVIII es la iglesia actual, severa, clásica, rígida. La sensación contraria la da el magnífico sendero de dos kilómetros y medio que marcha en paralelo al río Samos y que remata en un puente de origen medieval a la orilla de Teiguín, sendero muy bonito e idóneo para hacer el familia.
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