Sendos centros de interpretación en Porto do Son y Boiro son el principio y el fin de una ruta histórica
Qué impulsó al hombre prehistórico a instalarse en Barbanza? Sin duda no existió una sola razón: el clima benigno a pesar del constante viento, las amplias panorámicas, las playas, el ser territorio de fácil defensa, la riqueza de las aguas... Pero fuera lo que fuese, ello constituyó una suerte porque hoy es posible hacer una ruta como quien dice saltando de castro en castro.
Una ruta que debe empezar en Porto do Son, en el centro de interpretación del castro de Baroña, sólido edificio del siglo XIX. Muy cerca está A Atalaia, una punta elevada en la que se alza una iglesia y un mirador, enclave de pequeñas dimensiones, pero ennoblecido con un paseo de madera. Ese templo fue levantado sobre otro castro. La ruta lleva al sur, y a los pocos kilómetros aparece el desvío a Baroña, uno de los tres o cuatro mejores castros de Galicia. Lo malo es la vuelta: todo cuesta arriba. Siguiente parada, el monte Tahúme, inconfundible, aislado, con forma de queso de tetilla y con una cruz arriba. El parque natural de Corrubedo queda a los pies en una de las más espectaculares panorámicas de la provincia entera, pero del castro en sí poco queda, y de hecho ha llegado al siglo XXI la tradición oral y poco más.
Donde sí queda es en pleno arenal de Corrubedo, pero por el lado del sur. O sea, pasada la Casa da Costa, el centro de interpretación. Se trata de una aldea prehistórica puramente costera que vivía de lo que daban el mar y las rocas, puesto que las tierras cultivables le quedaban y quedan lejos. Pero el castro permanece ahí, y de hecho ha habido una excavación que dejó al descubierto un buen trozo de lienzo de muralla, señal de que, ayer como hoy, «o medo é libre».
Puestos en ese lugar y vuelta la vista a la izquierda, un monte cierra el arco del arenal de Corrubedo. Es posible ir hasta arriba, hasta A Cibdá, un topónimo que ya lo dice todo y que explica también que ese no era un castro cualquiera. A Cibdá fue parcialmente excavado por uno de los hombres más destacados de la generación Nós, Florentino López Cuevillas, que incluso publicó un plano de sus hallazgos en el Boletín de la Real Academia Gallega. Desde mediados de la década de los noventa al lado se extiende un parque en el que se levantó una reproducción de viviendas castreñas. Otra aldea más humilde estaba en Castiñeiras, y a esa le pasó lo que a tantas otras en este tierra: las palas se la llevaron por delante y ahora su lugar lo ocupan instalaciones industriales.
Pero sin duda alguna, en esta parte de la península de Barbanza que mira a la ría de Arousa todo el mundo coincide en señalar que los pesos pesados son los dos castros de O Neixón, término municipal de Boiro. En el Pequeno se hallaron unos bronces, hoy en un museo, considerados de los más antiguos de los localizados hasta este momento. Y el recinto se quedó eso, pequeño, así que sus habitantes decidieron construir uno mucho mayor, el Grande. Al lado de ellos, otro centro de interpretación, este en edificio moderno y que debe constituir el brillante punto final a una ruta por las tierras de los antepasados. Que, visto lo visto, tenían un exquisito gusto: todo el entorno debe figurar en cualquier catálogo de la Galicia Bonita.
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