Un río que busca el Atlántico se ha convertido en el más popular de las Rías Baixas
A Machiño le ha dado por explicar al pequeño grupo de expedicionarios toda la flora que se encuentra en la Ruta da Pedra e da Auga, un itinerario que une los molinos de Ribadumia con el fenomenal monasterio de Armenteira, en tierras pontevedresas. Así que ese grupo se entera de que por allí medran los amieiros, los salgueiros, los abeleiras, los loureiros, y «Fijaos en los helechos reales, un auténtico fósil, Davilia canadiensis». «¿A qué os recuerda esa planta? Parece la de la patata, ¿a que sí? Es que pertenece a la misma familia, una solanácea, en concreto una Solanum nigra».
Y de esa guisa transcurren las dos horas largas que lleva la subida. Bueno, en realidad exige al menos quince minutos más, pero Rafael Louzán ha metido un paso de marcha que deja al fotógrafo sin aliento, y Marras se pierde por allá abajo, de vez en cuando protestando por el móvil, pero como la cobertura es mala en ese bosque maravilloso cruzado por el río Armenteira nadie le hace caso («No se oye nada, búscate la vida») y el hombre llega cuando y como puede al cenobio. «Ya os advertí que Rafa conoce muy bien esta zona y que anda mucho, no es el típico de estar metido en el despacho todo el día». Y es cierto, Marta Lucio lo había advertido, pero el grupo pensaba que era más propaganda del jefe que realidad. Pero qué va, era cierto y bien cierto.
Lo cierto también es que hace unos años fueron rehabilitados unos molinos en Ribadumia y se unieron por un camino que bordeaba el río, el cual corre prácticamente encauzado gracias al esfuerzo de la comunidad religiosa siglos atrás. Parecía una acción plausible pero limitada. A nadie se le ocurriría relacionar esos molinos, en la zona llana y baja, con Armenteira, emboscado casi en lo más alto del monte. Pero sí. La Diputación provincial tomó cartas en el asunto de manera no solo decidida, sino también eficaz: logró convencer a todos los vecinos para que el muy numeroso grupo de molinos que queda entre ambos puntos fuera unido por un sendero. Y, además, muchos de esos molinos fueron rehabilitados. Otros esperan su turno.
Aldea en miniatura
Antes de empezar la subida, pero una vez cruzada por el túnel o a cielo abierto (buena señalización) la autovía del Salnés, aparece ante los ojos del caminante una explanada grande en dos niveles. Y toda ella, salpicada de pequeños monumentos: un hórreo, un pozo, un lavadero, un templo, un crucero? Se trata del conjunto escultórico denominado Aldea labrega, obra colectiva de la Escola de Canteiros que la Diputación pontevedresa donó en el 2008 al municipio de Meis. Y ahí está, como lugar de descanso antes de acometer el ascenso, un enclave idóneo para recuperar la vieja tradición de comer en el campo. Por cierto, que eso es lo que va a suceder el próximo domingo, día 30: varios cientos de personas se van a dar cita en una comida campestre de confraternidad.
Quien se anime debe madrugar para así hacer la ruta. Y llegará a un molino en el que verá, en el suelo y escasos metros antes, una inscripción. Los vecinos juran que ese es el escenario de un suicido ocurrido hace casi tres siglos. Cuenta la tradición que un hombre puso fin a su vida y fue arrastrado por el río. Recuperado abajo el cadáver, por ese camino que hoy huella el viajero subieron el ataúd con el finado. De entre las junturas de las tablas de ese ataúd caían espesas gotas de sangre. Y lo maravilloso es que todavía está vivo quien puede contar eso.
Una guía facilita información a quienes se acercan hasta el monasterio de Armenteira, con visitas guiadas (excepto lunes) de 11.30 a 13.30 y de 16.30 a 20.30. O sea, conviene repetir: merece la pena levantarse un poco más temprano.
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