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EL POZO SIN FONDO DEL NAZISMO La supervivencia en los burdeles del Tercer Reich

Un libro de un investigador alemán rescata el honor de las prostitutas de los campos de concentración nazis

Autor:
Úrsula Moreno
Fecha de publicación:
Hora:
Actualizada a las 20:30 h

Los esclavos forzosos del nazismo no solo eran aquellos reclusos que debían rendir y fabricar munición, sino también aquellas mujeres a su servicio, obligadas a satisfacerlos sexualmente en beneficio de la productividad del régimen. Otro capítulo negro del nazismo, apenas investigado: la prostitución en los campos de concentración del Tercer Reich. El comandante en jefe de las SS Heinrich Himmler no solo gestionó la masacre metódica de millones de judíos, polacos y homosexuales, sino también la maquinaria de guerra y sus esclavas.

Un tema tabú hasta ahora, porque las mujeres, avergonzadas, no se atrevieron a hablar y menos a presentar demandas y exigir indemnizaciones por los años de esclavitud sexual no remunerada. Pero es un hecho que entre 1942 y 1945 Himmler mandó crear diez burdeles, el mayor de ellos en Auschwitz-Birkenau, en la actual Polonia, donde obligaron a prostituirse a cerca de 200 mujeres.

Procedían en su mayoría del campo de mujeres de Ravensbrück. Eran seleccionadas en función de su apariencia, edad (la media era de 23 años) y, por supuesto, habían de ser arias. Al principio se las convencía con la promesa de que verían la libertad en un plazo máximo de seis meses, algo que nunca se hizo realidad. Más tarde, sencillamente fornicaban por miedo a perder la vida si no atendían hasta un máximo de quince hombres en una noche.

Cinco años, 500 páginas

Son datos que conocemos tras cinco años de investigación del historiador Robert Sommer, que acaba de presentar en Berlín un compendio de casi 500 páginas titulado El burdel de los campos de concentración: prostitución forzada en los campos nacionalsocialistas, y para el que ha escudriñado en más de 80 archivos, además de entrevistar a supervivientes: apenas víctimas, porque las mujeres o se niegan a hablar o están muertas. Los que han abierto su corazón son muchos de los reclusos forzados o premiados ?según se mire, cuentan ellos? con el favor de las reclusas.

¿Quiénes se beneficiaban? Solo privilegiados como los kapos, los supervisores del campo (menos del 1%), el personal administrativo o de más antigüedad, y para ello tenían que rellenar formularios, someterse a controles médicos, aplicarse pomadas en los genitales (para evitar enfermedades de transmisión sexual) y «perpetrar el acto» en un plazo máximo de 20 minutos, tumbados (no se permitía ninguna otra posición) y bajo la atenta mirada de un vigilante (mirilla de por medio). No es de extrañar que hasta el sexo estuviera normativizado en los campos nazis. «Algunos reclusos aprovecharon estos privilegios para demostrar su posición de poder ?explica el historiador? porque fortaleza sexual equivalía a poderío físico. Otros, que fueron una sola vez o de manera esporádica al burdel, solo querían volver a ver a una mujer, porque llevaban hasta diez años sin tocar a una», apunta Sommer en una entrevista televisiva. «Y solo los privilegiados estaban en condiciones físicas de hacerlo».

Una visita a un Sonderbaracke era un privilegio reservado a muy pocos en Flossesbrück, Buchenwald, Auschwitz-Birkenau, Dachau o Sachsenhausen. Los arios podían fornicar con arias, los eslavos con eslavas, nada de mezclas. Por supuesto, los judíos estaban excluidos. Pero también había otros indeseables, prisioneros políticos, soldados enemigos, gitanos y homosexuales.

Víctimas dobles y sin ninguna consideración 70 años después

Mauthausen fue el primer campo de concentración que sirvió de escenario de estos burdeles improvisados por Heinrich Himmler, pensados para incentivar a los esclavos del nazismo, al estilo de los gulags soviéticos.

No obstante, según Robert Sommer, el investigador de 35 años que acaba de desentrañar el horror de la prostitución en los campos del Tercer Reich, el plan de Himmler no fructificó y distó mucho de obtener los resultados esperados: la productividad de los reclusos no aumentó. Algunos presos llegaron a casarse con las mujeres que habían amado en los burdeles nazis. Mujeres algunas que todavía viven y, a día de hoy, no han recibido un penique por aquellos servicios. Y que no se atreven a hablar y sufren la segregación de otros grupos de víctimas del terror nazi.

«Mejor esto que tirar un cadáver más de la litera»

Mujeres jóvenes que recibían algo más de comida que el resto de las reclusas (verduras, patatas y algún regalo de los presos) y menos malos tratos por parte de los vigilantes otorgaban los favores sexuales en los campos de concentración. Su condición de víctimas dobles las llevó a no abrir la boca durante años. Habían sido internadas en Ravensbrück por ser lo que los nazis llamaban antisociales, muchas por el simple hecho de negarse a pertenecer a una asociación nazi, por haber copulado con un judío o haber trabajado en un burdel.

«Es mejor entrar en un burdel que tener que tirar todos los días el cadáver de otra mujer de su litera o soportar gélidas temperaturas, el ladrar de los perros guardianes, la constante violencia física y la perenne muerte a tu alrededor», relata una de las mujeres en el libro de Sommer, que ha lanzado la editorial Schöning por 38 euros al mercado.

Para sobrevivir (la mayoría lo hizo, al menos al horror nazi), las nuevas tenían que atender a un mínimo de tres y un máximo de 15 reclusos por noche, entre las ocho y las diez, domingos por la tarde incluidos. Una vez seleccionadas en Ravensbrück, «se las presentaba desnudas a los oficiales de las SS y a los médicos del campo, bajo condiciones humillantes», explica Sommer. Después de alimentarlas para que ganaran algo de peso, de peinarlas, maquillarlas y vestirlas, estaban listas para su función. La mayoría fueron sometidas a esterilizaciones para evitar embarazos que, de producirse, se interrumpían.

«Se trata de otra dimensión del terror nazi ?explica Sommer? en la que las propias víctimas abusan de las mujeres». Aparte de los cigarrillos y algunos peniques de salario, los reclusos arios mejor situados en la jerarquía del campo podían visitar la barraca especial entre dos y tres veces por semana, si su solicitud recibía luz verde. Muchos otros eran obligados a presentarse en el burdel, y someterse al trato vejatorio de los guardas.

 

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