Conocí a Antonio Vega alrededor de 1980 en Pentagrama, cuando él ya tocaba con Nacha Pop. Me lo presentaron como un artista consagrado: para mí era un ídolo, yo tenía solo 17 años y había participado en la grabación de alguna maqueta. Era apenas un poco mayor que nosotros, pero la brecha generacional se notaba. Antonio había compuesto para entonces Chica de ayer y era alguien muy maduro para la época, un motor que dotaba de contenido a unos años que estuvieron rodeados de tanta parafernalia. Como otros que también han desaparecido, como mi hermano Enrique o Carlos Berlanga, dieron impulso a la música que nos ha acompañado en todo este tiempo, actuaron como el oleaje necesario para propulsarla. La muerte de Antonio me ha dejado desolado. Se ha ido un intérprete y un compositor de primer orden, tardará años en aparecer alguien como él. Y es ahora cuando más vamos a añorarle, aunque haya dejado una herencia musical y espiritual que perdurará en todos nosotros. Un puñado de canciones, de joyas, que le han hecho más duradero que lo que duró la Movida. Cada uno vive y es de una manera, y todos acabamos muriendo. Sin embargo, lo que Antonio ha dejado seguirá aquí. Yo no soy demasiado creyente. Pero si existe un más allá, molecular o cuántico, quiero pensar que será más fácil entrar en él si vas acompañado de la música, de la literatura, del arte. Todo lo que contribuye a mover las cosas tiene que ser bien recibido. A veces me preguntaban si me imaginaba a Los Secretos pasados diez años, y solía decir que si surgían nuevos Antonio Vega nos dejarían a todos fuera. Le respetaba muchísimo, era su amigo, pero también su fan. Deja un hueco que difícilmente se podrá cubrir.
En breve los contactos recibirán en su correo electrónico un enlace a la noticia
Gracias por usar nuestros servicios
Revise sus datos y vuelva a intentarlo
Si se vuelve a producir un error, es posible que el servicio está momentáneamente no disponible. Inténtelo más tarde.
Disculpe las molestias. Gracias por usar nuestros servicios