Vecinos de O Porriño deben racionar el uso de aparatos por la baja potencia eléctrica
Cada vez que Tano quiere ver la televisión su vecino Roberto no puede bañar a su hija con agua caliente. Si su mujer, Valeria, decide utilizar el secador de pelo, otro vecino no puede abrir el portón eléctrico de su finca para sacar el coche. Y si alguno de la veintena de vecinos de Insuas se pone a utilizar la lavadora, podrían saltar chispas entre ellos, pero la potencia eléctrica no llega ni para enfados.
Una espesa niebla escondía ayer a mediodía el pequeño pueblo de Insuas, a apenas seis kilómetros del centro urbano de O Porriño. Solo la luz amarilla de un poste de iluminación pública ponía la nota de color en ese manto blanco y creaba una enorme paradoja. Porque a la quincena de viviendas que forman el núcleo no les llegaba tensión suficiente para hacer «una vida del año 2008», como la define Fernando Oybin, Tano , uno de los afectados. A apenas cuatro kilómetros, en Atios (también en O Porriño), Unión Fenosa tiene una subestación eléctrica.
La falta de potencia se soluciona apelando a la buena fe. Básicamente, los vecinos se turnan. Cuando Roberto quiere bañar a su hija y Tano está preparando algo en el horno, la niña tiene que esperar, porque el calentador es eléctrico y se arriesga a coger una pulmonía. Si alguien del pueblo necesita poner la lavadora, otro quizás se quede sin ver la tele.
Alguna vez incluso han visto cómo se les apagaba el televisor, o cómo una pechuga de pollo se quedaba a medio cocinar. El diferencial salta con una facilidad pasmosa. Un día, Tano metió una taza de leche en el microondas a la máxima potencia y cronometró: pasaron 16 minutos y seguía tibia. Que ellos recuerden, las caídas repentinas de tensión han estropeado al menos un televisor, un ordenador, una nevera y una lavadora. Algún vecino consiguió reembolsos a través de un seguro privado, aunque la mayoría simplemente perdieron sus electrodomésticos.
Pero hay muchas soluciones. Turnarse es una, aunque no la única. Han adoptado otra mucho más cómoda: consiste en renunciar a los aparatos eléctricos. Así, la cocina que instalaron Tano y su mujer, por ejemplo, funciona con gas butano. Los platos se friegan a mano. Y la calefacción... ¿adivinan? «Bueno, en invierno utilizamos mantas de plumas, edredones...», ríe con su acento argentino mientras se frota los brazos. Lo bueno es que todas las bombillas son de bajo consumo, que también tienen menos potencia.
La tercera solución, la lógica, consiste en dotar al lugar de una instalación eléctrica en condiciones. Tano pidió un presupuesto a Unión Fenosa para hacerlo. Solo hacer la instalación para su vivienda unifamiliar le costaría 107.000 euros, según consta en la documentación remitida por la empresa eléctrica. Esa infraestructura serviría al resto de los vecinos del pueblo, que tendrían que pagar unos 3.000 euros cada uno por el enganche. Ni las firmas que han presentado en la Consellería de Industria ni las reclamaciones elevadas al Concello han dado frutos aún. Así que, de momento, el rural porriñés sigue condenado a tener la tensión baja.
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