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día mundial del corazón Una medicina de infarto

En el Día Mundial del Corazón, atacar al ataque es una cuestión de celeridad, pericia médica y organización. Galicia cuenta, desde hace tres años, con uno de los programas punteros para el tratamiento del infarto agudo de miocardio mediante angioplastia

Autor:
Rosa Domínguez
Fecha de publicación:
Hora:
Actualizada a las 20:07 h

Hoy se conmemora el Día Mundial del Corazón, ese latido vital que cada año amenaza con pararse para 80.000 españoles, 1.250 de ellos gallegos. El infarto, la urgencia entre las urgencias, corre tan rápido como el tiempo en una carrera contrarreloj contra el adiós que, a veces, llega sin dejar ni siquiera despedirse. Es, en el peor de los casos, la muerte súbita; en el mejor, el síndrome coronario agudo.

La mayoría de las veces, ese susto que ahoga se planta sobre el pecho así, de repente, aunque detrás, de forma ladina, callada, arrastre una larvada enfermedad de estrecheces y atascamientos construida durante años: la cardiopatía isquémica. Porque en muchas ocasiones el infarto descubre por primera vez que algo no va bien en esa compleja pero esencial red de canales sanguíneos.

Las tuberías que suministran riego a la bomba central del cuerpo, las arterias coronarias, se ensucian por dentro formando una placa (ateroma) y se van estrechando progresivamente hasta que se dificulta el paso de sangre y aparece el dolor (angina). Cuando se ocluye por un trombo impide que el líquido vital alcance su meta y se produce un infarto que destruye una parte del músculo. Entonces, el corazón duele. Tanto que quedan las marcas. «Se cicatriza, y allí donde hay cicatriz, hay tejido muerto», explica Nicolás Vázquez, especialista del Hospital Universitario de A Coruña. A más tiempo, menos músculo.

Los fontaneros del corazón, el símil más gráfico para los hemodinamistas, tienen entonces dos formas para tratar de restablecer ese flujo sin el que es imposible el latido y, por tanto, la vida. Pueden usar un desatascador capaz de licuar ese trombo, los fármacos tradicionales, los fibrinolíticos, asumiendo los riesgos de que se produzcan hemorragias cerebrales, o bien utilizar medios mecánicos. Esta última técnica de reperfusión se denomina angioplastia y consiste en introducir un catéter, una especie de alambre, en la propia arteria para llegar hasta donde se encuentra el trombo y atravesarlo o extraerlo. Al tiempo, se aprovecha en muchos casos para reparar la arteria, colocándole por el interior un muelle (stent) que actúa como medio de contención de las paredes, dilatándolas para que recuperen su caudal.

Hasta junio del 2005, esta posibilidad, que se ha demostrado más eficaz y con menores riesgos que la farmacológica, estaba prácticamente limitada a aquellos gallegos que tenían la suerte de sufrir un infarto en el entorno de uno de los grandes hospitales de Galicia, los únicos dotados con la tecnología necesaria para llevar a cabo el procedimiento intervencionista, y, además, en horario ordinario de asistencia. Sin embargo, «el 70% de los infartos se producen o por la noche, o por la tarde», explica el especialista, director de un equipo que realiza 1.350 angioplastias cada año, 400 en el infarto.

Los costes, y no solo en vidas, del infarto agudo de miocardio hicieron replantearse el método de atención y distintos expertos maquinaron un protocolo de actuación para corregir desigualdades, geográficas y temporales, en la asistencia a un colectivo creciente. Nació entonces, hace ahora tres años, el proyecto Progaliam, el Programa Gallego de Atención al Infarto Agudo de Miocardio. «Hemos detectado -explica Vázquez-que los beneficios para la población son consistentes, que la mortalidad ha disminuido, que actualmente hacemos un volumen similar de pacientes de nuestra área directa y de las de referencia con resultados equiparables, lo que indica que se ha alcanzado una equidad importante en la disponibilidad del recurso».

En el caso del Hospital Universitario de A Coruña, se atiende a los pacientes de la zona, pero también a los de Ferrol y Lugo. «El 061 es la clave», añade el cardiólogo, ya que sobre el soporte del transporte de urgencias descansa buena parte del éxito en la atención al acortar de forma sensible los tiempos y proporcionar la seguridad de contar con herramientas en el período más sensible del infarto: hasta dos tercios de los fallecimientos se producen en la primera hora por no tener a mano un desfibrilador.

Salir del mal trago con vida no es el único beneficio, ya que se ha reducido, también, la que los especialistas denominan mortalidad diferida, la que se produce en el año siguiente al episodio. Con la experiencia de este período, los especialistas han contabilizado incluso cuántas vidas más se salvan aplicando este sistema, y han deducido por los números un claro beneficio: la mortalidad intrahospitalaria de los pacientes que se someten a una angioplastia primaria se sitúa en la actualidad en un 5%, la mitad de lo registrado con los sistemas convencionales de fibrinolisis. Pero, además, han constatado también menor incidencia de reinfarto, reoclusión, recurrencia de angina y menor riesgo de accidente cerebro-vascular, con el mismo o el menor coste.

Solo tomando los primeros 30 días, por cada mil pacientes tratados con los cateterismos se salvan 21 vidas más (hasta 98) que con la medicación y se evitan 13 accidentes cerebro-vasculares. A largo plazo, las personas que siguen respirando a los dos años supera en 33 a los fármacos antitrombolíticos y 100 a los cinco. Todo ello arroja un balance global de un 32% más de supervivencia. Más que suficiente para justificar la consolidación de equipos, tres en Galicia (A Coruña, Santiago y Vigo), altamente cualificados y adiestrados, siempre disponibles y con la dotación tecnológica necesaria y la red logística de transporte especializado. Todo para ganar más corazón.

 

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