Tras decenios de abusos, los cauces gallegos han dejado de ser lo que eran, aunque, no sin dificultades, todavía es posible encontrar alguno que ha resistido la presión y la codicia
La escena se produjo un día de pesca de 1995. Don Manuel fue recibido con todos los honores en Ferramulín, el último pueblo de la sierra de O Courel antes de la frontera con León. Allí, el entonces presidente de la Xunta pensaba medir su talento con la caña en los legendarios ríos de la zona, excepcionalmente cristalinos y muy capaces de dejar a cero a los más expertos pescadores. Antes de ponerse a la faena, un paisano de 80 años se acercó al presidente y le recordó lo limpio que bajaba el río y lo nutrido que estaba de truchas: «Pero o río deixará de estar así se constrúen a minicentral». Ni la pasión por la pesca de Fraga consiguió atemperar su febril defensa de las minicentrales: «Mi querido amigo, no tema das minicentrais non hai nada que facer», le contestó el presidente que, desde luego, tampoco esperaba la respuesta del abuelo: «Fagan o que queiran, logo. O que constrúan polo día hei de tiralo abaixo pola noite. Coa miña idade, xa non me van meter na cadea».
Así recuerdan el episodio los testigos que aún quedan en Ferramulín. Entre ellos, el Selmo y el Visuña, los dos ríos de cuento que se unen en el pueblo y que se salvaron por la determinación de vecinos y ecologistas de la voracidad hidroeléctrica de aquel Gobierno. Muchos otros cauces que se conservaban aún vírgenes en los ochenta, corrieron la suerte contraria y añadieron a sus problemas naturales el estrangulamiento que supone el aprovechamiento energético, hasta el punto de que hoy en día es prácticamente imposible encontrar cauces en Galicia absolutamente libres de infraestructuras, vertidos o la presión de grandes poblaciones.
Desde luego, para quienes busquen la absoluta pureza fluvial, el viaje a O Courel es imprescindible. En la sierra nacen algunos de los cauces más hermosos del país. La paupérrima demografía ha jugado siempre a su favor y la singular configuración calcárea del macizo les confiere un aspecto cristalino absolutamente subyugante.
Insectos, truchas y nutrias
El Lor, el Lóuzara o el Soldón son algunos de los cauces que mantienen su fascinante morfología en buena parte de su recorrido, a pesar de haber sido gravemente heridos ya por las minicentrales o la actividad pizarrera, otra de las grandes patologías (la principal tal vez) que machaca la salud de los ríos de la zona. El Visuña, sin embargo, se mantiene virgen en sus escasos seis kilómetros de vida aportando al Selmo una corriente limpia que discurre hacia León cargado de vida y, como bien saben los pescadores, de truchas, a pesar de su fama de capotero.
Unos pocos kilómetros más arriba de la confluencia de ambos cauces, el Selmo regala una serie de abruptas caídas a las que se ve obligado para salvar un desnivel de mil metros en menos de un kilómetro. De todas ellas, quizás la fervenza de Vieiros, ya en el municipio de Quiroga, es la más hermosa con una altura de unos veinte metros, desde donde el agua se precipita de un solo salto a un remanso cristalino en un paraje de una belleza imposible. La fervenza de Vieiros dispone de un sendero desde la carretera que la hace accesible para cualquiera con un mínimo de resistencia, a pesar de lo cual, por el momento, su entorno se mantiene sin huellas humanas más allá de los agradecidos senderos de pescadores que permiten andar el río unos centenares de metros hasta atiborrarse de un paraje cuya hermosura roza el empalago y que, gracias a la ausencia de minicentrales y vertidos, le permite mantener su ecosistema prácticamente intacto, desde los más pequeños invertebrados donde se inicia la cadena trófica hasta mamíferos como las nutrias, cuyas habilidades para la pesca pueden verse incluso desde algunos balcones de Ferramulín.
El jardín de las sobreiras
Tras empaparnos literalmente de la infinita belleza del Selmo, buscamos más ríos vírgenes. ¿Queda alguno? La consulta con los expertos siempre deja algún pero: donde no hay una minicentral hay una piscifactoría, y donde no, vertidos. Así que bajamos un poco el listón y atacamos el Arnego, un cauce que nace en la serra do Faro y corre por la comarca del Deza para dárselo todo al Ulla en Porto de Mouros. Al amor de su discurrir se agrupan los mayores alcornocales de Galicia visitados con una frecuencia que ratifican los ribereños a quienes se dirigen los turistas.
Con un caudal mayor que el Selmo, el Arnego es un río truchero, para el que conviene sacar coto con antelación. Los salmónidos, un buen termómetro para medir la salud fluvial, ya no son lo que eran, dicen los viejos, pero no cabe duda de que el río está sanote a pesar de la sombra de dos minicentrales proyectadas y sometidas a la moratoria actual que ha supuesto un parón en la hemorragia de las dos últimas décadas. A la buena conservación que mantiene el cauce, ya le ha brotado algún área recreativa a la que ir a comer la tortilla que, de momento, no ha afectado demasiado al tramo de río, con una variada y exuberante vegetación marcada por el referente de las sobreiras que lo singularizan.
El Arnego es un caso único, por su dimensión y su estado de conservación, aunque muchos otros cauces del país, la mayoría, conservan parajes extraordinarios y una calidad incontestable en sus tramos altos. La orografía y el clima de Galicia juegan a favor de su patrimonio fluvial. Los gallegos, por lo visto, han hecho lo contrario, aunque algunos expertos aportan esperanza: «La educación es básica y la actitud de mucha gente para con los ríos ha ido cambiando», razona el hidrobiólogo Fernando Cobo. El río ya no se entiende como una vía de eliminación de los residuos domésticos y, de momento, parece que el festival de minicentrales se ha detenido. Aunque la virginidad es algo que nunca se recupera: «Es verdad que hay una calidad aceptable de las aguas en muchos tramos altos, pero la vegetación de ribera está muy deteriorada», asegura Cobo, director de la Estación Hidrobiológica del Con, en Vilagarcía, quien recuerda que una cuenca es una unidad y no solo la mejor parte del río.
El caso es que en Ferramulín, los saltos de las truchas -«Se bañan», dicen los ribereños-son perfectamente audibles y visibles, la exuberante mosquitada sobre el río las mantiene entretenidas en los cauces del Selmo y del Visuña, que corren alegres y con un aspecto y una salud no muy diferentes a los que tenían hace cincuenta años. O quinientos; cuando ya había gallegos capaces de sacarles las truchas y que creían que el río seguiría más o menos igual hasta el día del juicio final.
De momento, nadie les ha quitado la razón.
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