Emilio Calatayud, el juez de Menores de Granada, repasó, ante cientos de escolares, algunas de las condenas ejemplares que lo han hecho famoso.
No era misión fácil entretener a unos seiscientos jóvenes estudiantes de secundaria. Pero al final, el juez de Menores de Granada, Emilio Calatayud, conocido como «el padrazo» por sus sentencias alternativas y ejemplares, logró capturar la atención de todos los alumnos que se desplazaron para presenciar su charla en Sanxenxo, una intervención cargada de tristes y fantásticas anécdotas sobre algunas de las más de 15.000 condenas que dictó durante su carrera judicial.
Todo empezó cuando el magistrado, experto en redimir al delincuente, afirmó que «durante las noches, en los centros de internamiento solo se oyen los llantos de los niños por muy duros que se crean durante el día».
El juez de menores más famoso del país impartió una lección en la que su principal objetivo fue dejarle claro a los menores que el alcohol y las drogas «vuelven tontos a los niños», y que un chaval que hace travesura «evidentemente no es un delincuente».
En lugar de encerrar a la mayoría de los jóvenes que pasan por su juzgado granadino, Calatayud opta por sentencias educativas. Al niño analfabeto lo condena a aprender a leer y a escribir, al conductor temerario a hacer de voluntario en asociaciones de tetrapléjicos, a los ladrones de poca monta a realizar trabajos comunitarios, al maltratador a limpiar las fachadas de edificios públicos. Sin embargo, en casos más graves, no le tiembla el pulso y condena a años de internamiento y luego de cárcel. ««El año pasado 90 chavales fueron encerrados y a 900 los obligué a estudiar y a trabajar en beneficio de la comunidad. Y duermo muy tranquilo. Me da lo mismo encerrar a un joven que sentenciarlo a estudiar la ESO», detalla.
Reconoció que sus métodos le han traído muchas alegrías, pero también decepciones. Citó el caso de una chica que tenía 15 años cuando llegó por primera vez a su juzgado. Después de abortar en dos ocasiones y de dar luz a un niño años más tarde, el magistrado tuvo que retirarle la custodia de su hijo después de que lo abandonara en tres ocasiones. «Lo intenté todo, pero ahora está en la cárcel y no me extraña que se muera algún día de sobredosis».
Al público se lo ganó segundos después de iniciar su intervención. A un joven de 15 años, que maltrataba a sus padres, lo condenó a tocar el tambor en las procesiones de Semana Santa «porque me dijo que todos los días a las doce menos cuarto de la noche hablaba con Jesucristo».
En otro caso, además de condenar a un centro de menores, y posteriormente a prisión, a un adolescente por dispararle varias veces a dos extranjeras en un descampado, le obligó a contarle a su padres sus actos, y después de casarse, también se lo tuvo que narrar a su esposa. Y ahí no acaba la historia, cuando tenga hijos, tendrá que narrárselo a sus descendientes. «Hoy en día está cumpliendo la condena, y reconoce que no sabe cómo pudo hacer semejante cosa», detalló el juez.
También hubo una pequeña pitada al juez. Un grupo de escolares le sacó tarjeta roja cuando confesó ser fan del Real Madrid, pero no solo eso, sino que se autodeclaró anti-barcelonista. En el turno de preguntas y respuestas, un alumno quiso saber qué «le puede caer» a un amigo que había amenazado a dos prostitutas en un club de alterne. Otro pretendía conocer el castigo que le puede tocar a uno «por pegarle a un profe».
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