recanto

Respiren


23/09/2016 05:00

No hay mal que cien años dure, dice la sabiduría popular. Y tal aseveración, aunque cueste creerlo -más en estos últimos tiempos en los que nos dan poco respiro- también se puede aplicar a las campañas electorales. Parecía que no seríamos capaces de sobrevivir a la tercera tanda en el margen de un año de discursos soporíferos y absolutamente predecibles, letanías de promesas del paraíso terrenal que nunca llegan y políticos besando a niños o dejándose besar por los abuelos. Por cierto no voy a entrar a divagar sobre por qué los políticos no besan a los abuelos -quizá le dan grima las arrugas o temen que les peguen un poco de sensatez y cordura-, pero sí sé porque son ellos los que besan a los niños: porque los tiernos infantes tienen un olfato especial para detectar cuando alguien les sonríe con sinceridad o bajo una máscara. Son como los perros (con perdón); huelen los sentimientos hostiles y el miedo. Así que los políticos besan a los niños porque es más que improbable que consigan que un pequeño se sobreponga al instinto de supervivencia primario que todavía conserva porque no ha sido matizado por la hipocresía de la conveniencia social, y les bese espontáneamente. Pero volviendo a lo de que «nunca choveu que non escampara», quería yo decirles que ya solo queda hoy de apretar los dientes y plegar las orejas. Que se acaba. Que mañana descansamos. Es solo un día, sí; pero ¡qué día! Ese en el que lo único que sabemos de ellos es que también son humanos. Que tienen familia, con la que salen a pasear; amigos con los que jugar al mus o trotar por el monte. Y nosotros respiramos.

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