el ojo público

Sí, los gallegos somos bueniños, pero no tontos


30/11/2016 05:00

Hace varios años, en una cena celebrada tras un larga jornada de trabajo en la universidad italiana de Messina, charlábamos los presentes sobre la cuestión territorial en nuestro país cuando un colega catalán, visiblemente alporizado, nos interpeló a los restantes españoles allí presentes con una afirmación que me dejó patidifuso: «Es que vosotros nos debéis a los catalanes miles de millones». Como yo conocía bien la filiación nacionalista de aquel cobrador del frac sobrevenido intenté entonces tomarme sus majaderías con sentido del humor. Pero he de reconocerles que, pasado el tiempo, cada vez me resulta más difícil de aguantar el tono faltón de quienes se empeñan en escupirnos a la cara, a gran parte de los españoles, que vivimos a su costa.

Tal despropósito no solo es mentira, sino que es además una mentira reaccionaria, donde las haya, por más que gran parte de quienes viven de proclamarla se consideren a sí mismos unos izquierdistas de siete estallos. Decir que los andaluces, extremeños, castellanos o gallegos vivimos a costa de los catalanes o de los madrileños resulta tan estúpido e insufrible como lo sería que quien paga más impuestos por tener más renta acusase de ser unos chupones a los que a través del sistema educativo o sanitario reciben la solidaridad fiscal que caracteriza a cualquier sociedad civilizada.

Ocurre, sin embargo, que mientras lo segundo le parecería a todo el mundo -y, por supuesto a la extrema izquierda militante- un acto de egoísmo impresentable, cuando el llamamiento a la insolidaridad se convierte de personal en territorial tal causa les suena a algunos moderna, progresista y guay del Paraguay. No lo es en absoluto, porque la solidaridad personal en un país con notables desequilibrios de renta y de riqueza entre sus comunidades solo es posible, por razones evidentes, si hay solidaridad territorial.

No debería, por eso, equivocarse el Gobierno de Rajoy. Si la estabilidad que España necesita va a conseguirse al precio de generar agravios entre los territorios que la conforman o de agrandar las desigualdades entre ellos, no solo no habrá estabilidad, sino que habremos creado un gravísimo conflicto donde ahora no lo hay. «Los hombres, y señaladamente los españoles -proclamaba el conde Toreno, destacado liberal, en las Cortes de Cádiz-, no toleran con paciencia ver disfrutar a otros de prerrogativas y privilegios, y por todos los medios buscan ocasión, o de conseguir iguales distinciones, o de destruir aquellas de las que no gozan». Pues eso.

Los gallegos, mucho más modernos que otros que presumen de ello, somos pacíficos, tolerantes y solidarios: lo que aquí resumimos con el término bueniños. Pero, al igual que otros españoles, no somos tontos, aunque se lo parezcamos a los pelmas profesionales porque no estamos todo el día, como ellos, dando la matraca y poniendo el país patas arriba. De tontos, ni un pelo.

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Nacionalismo