el síndrome g

El dedo y la luna


19/10/2016 05:00

Mientras los meridionales nos entretenemos con historietas de cortísimo recorrido -como la posible investidura de un Gobierno efímero, la crisis del PSOE y cositas así-, en el corazón de Europa se está gestando una involución que determinará nuestro porvenir, y hay que prepararse. Es que aquí nadie habla de qué hacer para superar definitivamente el diferencial crónico de paro respecto de la media europea. O para gozar de un sistema educativo como el checo o el finés. O para sobrellevar las crisis coyuntural y estructural de nuestra Seguridad Social, a causa de la baja recaudación por baja competitividad y bajos salarios, así como por la agónica fecundidad española. No. Aquí estamos a Rolex. Al regate en corto, al análisis -o parloteo- diletante, tertuliano y politológico de la vis partidaria, no del diseño de políticas públicas de calidad, como corresponde a quien no distingue politics de policies.

La desgracia del plebiscito húngaro, que combina deslealtad a la Unión con indecente xenofobia, el brexit, la cadena de éxitos de los antiguos comunistas de la Alemania oriental vestidos con otra camisa, la carrera francesa por construir el muro de Calais, la inexistencia de una estrategia para defender de forma militante la democracia y el desarrollo al Sur y al Este de Europa, el lío para reactivar las pequeñas economías periféricas, como la lusa o la helena, con verdadero espíritu fraterno a cambio de seriedad y resultados, todo eso y más son síntomas de una severa patología que amenaza nuestro futuro inmediato.

España debiera contribuir a mejorar este panorama, en vez de ensimismarse en debates chonis. El foco mediático corre descerebrado hacia lo morboso, lo casquero, lo miserable y lo paleto. Un día toca la impostura del Parlamento catalán, con próceres ágrafos y falsificadores de currículos, divagando sobre rediseñar fronteras en Europa. Otro día la corrupción endémica, sin ocuparse jamás de las causas de su existencia. Otro, los chalaneos turiferarios de turno. Y, así, nunca nos centramos en las cosas de comer. En cómo mejorar definitivamente nuestra sociedad y nuestra economía para atender mejor a más inminentes ancianos de la quinta de los 60 y 70, que llaman a las puertas del sistema de pensiones. En cómo acabar con la miseria infantil y el vergonzante abandono escolar. En cómo integrar a los futuros inmigrantes que van a llegar a causa de la inexorable dinámica demográfica.

¿Por qué puede España ayudar a Europa ayudándose a sí misma? Porque en estos momentos somos el único gran país europeo inmune a esa pulsión demagógica del nacionalismo xenófobo; porque asumimos la diversidad como un valor en vez de como una tara; porque, a pesar de nuestros problemas, intentamos no abandonar a nadie en su desgracia. España no está en condiciones de liderar Europa, pero sí puede dinamizarla y decantar la apuesta por la Unión en vez de por la desunión.

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