Contrapunto

El Celta también es más que un club


19/10/2016 14:01

A ver si nos caemos del guindo, que ya va siendo hora. Hace 26 años que en España se modificó la Ley del Deporte. En aquel entonces, la mayoría de los clubes de fútbol estaban en bancarrota y no hacían más que chupar y chupar recursos públicos con la excusa de que eran una especie de asociaciones o hermanitas de la caridad que desempeñaban una función social. Así que, con las únicas excepciones de Real Madrid, Barcelona, Athletic de Bilbao y Osasuna, el grueso de las entidades que alimentaban la quiniela cada domingo se vieron obligadas a convertirse en sociedades anónimas deportivas y a empezar a rendir cuentas. Según los casos, la mayoría de sus acciones acabaron pronto compactadas en muy pocas manos. Y en aquella lista, como ya nadie debería ignorar a estas alturas, figuraba el Real Club Celta de Vigo.

Conviene, pues, no perder la perspectiva: hoy en día, Manuel Carlos Mouriño Atanes es propietario del 65 % de una empresa. Todo lo singular que se quiera, pero una empresa al fin y al cabo. Cuando decimos que el Celta le da mucho a Vigo y por ello justificamos que se le ceda completamente gratis el uso de un estadio municipal y las instalaciones deportivas de A Madroa y Barreiro, además de que el Ayuntamiento le pague los recibos del agua y la luz, deberíamos preguntarnos qué no podría exigir a fondo perdido una multinacional como PSA con todo lo que reporta a la ciudad. A cualquiera nos parecería escandaloso que el alcalde le regalase unos terrenos a la firma automovilística, por más inversión y empleo que comprometa, y sin embargo escuchamos al presidente celeste exigir el regalo de 500.000 metros cuadrados públicos en la parroquia de Valadares para levantar una Ciudad del Deporte.

Mouriño es un empresario de éxito. Parte de la fortuna que amasó en México como emigrante (más de 20 millones de euros) la puso encima de la mesa para sacar al club del pozo en el que otros lo habían metido. Sería mezquino no reconocerlo y negar que su buena gestión ha servido para liquidar (prácticamente) la deuda con Hacienda y devolver al equipo a las competiciones europeas con un brillante y alabado estilo de juego. El problema surge al despertar de ese sueño maravilloso, cuando la ilusionada afición descubre que la ley le ampara para convertir el Celta en un negocio. En su momento se arriesgó y ahora puede venderlo a un holding chino y embolsarse un dineral sin pedir permiso a nadie. Tiene todo el derecho del mundo a pegar un gran pelotazo, esa expresión tan vulgar que en este caso para sí quisieran Aspas o el mismísimo Nolito. A lo que no tiene derecho Mouriño, sin embargo, es a plantear órdagos inasumibles. El estadio de Balaídos es el único patrimonio, además del sentimental, que le queda al pueblo de Vigo para sentirse parte indisoluble de esta sociedad anónima deportiva, y para sentir que el Celta también es más que un club. Ni siquiera los 15.000 accionistas minoritarios tienen el valor que ahora mismo adquiere el campo de fútbol. Es la mejor arma frente a cualquier veleidad de presentes y futuros propietarios. Mouriño lo sabe, igual que sabe que su decisión de vender lo enfrenta a la afición, y alguien le ha aconsejado que la mejor defensa es pasar a un buen ataque.

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