el síndrome g

Agua más cara que la leche


23/09/2016 05:00

Eso certifica el presidente de la Comisión Europea: «No puede ser que el agua sea más cara que la leche». Todos los ganaderos europeos, comenzando por los gallegos, lo sufren. Y por ser europeísta no voy a dejar de criticar a las autoridades y altos funcionarios europeos que no han sabido reaccionar ante este drama.

A principios de los 90 pasé una temporada en Bruselas. Allí me empapé de los complejos mecanismos de intervención agraria. Recuerdo con melancolía cómo se calculaban las restituciones a la exportación, siguiendo la evolución del mercado de futuros de Chicago. Pues bien, ya entonces comprendí que no había un plan maestro para Europa, ni para sus agricultores.

Entre los Estados europeos ninguno propone un plan útil, pero la Comisión Europea tampoco. El problema es que pocos recuerdan por qué la agricultura debe ser un factor estratégico, ya que casi nadie en Bruselas ha vivido una niñez con cartilla de racionamiento. De ahí que bastantes funcionarios europeos ignoren el sentido del vigente tratado, cuando recoge como uno de los objetivos de la PAC «garantizar la seguridad de los abastecimientos».

Los precios de la leche en origen se han hundido porque eran hundibles. Cuando se adelantó que desaparecerían las cuotas ya era previsible un derrumbe de los precios y, sobre todo, la quiebra de muchas explotaciones. Que Putin, ante lo de Ucrania y su bloqueo a nuestra leche, viese que somos un puñado de cobardes, egoístas y folclóricamente nacionalistas, no era previsible, pero se sumó al carro. Con este panorama hay que decir alto y claro que las instituciones europeas son inanes. Siguen sin ver que la producción alimentaria es un bien estratégico de primer nivel, igual que el agua o la energía, que hay que asegurar incluso subvencionándolos, porque su valor supera a su precio.

Perder agricultores cuando ya su número está bajo mínimos en Europa es más grave que perder economistas, diplomáticos o politólogos, de oferta ilimitada. Perder agricultores, porque no pueden gozar de una vida digna como los urbanitas, implica perder potencial de producción de unos bienes que, ante una crisis, resultan vitales. Además, los agricultores no se improvisan. Esto es lo que debieran entender en Bruselas, comenzando por los responsables de la Comisión. Pero no es así porque nadie tiene una visión de conjunto, ni compromiso con el interés común europeo. A nivel funcionarial cada cual se preocupa de su obtuso reglamento entre los millares existentes. Sus jefes políticos desconocen lo que tienen entre manos y, especialmente, su ubicación en el gran juego, que diría Kipling. Invertir en nuestros agricultores es invertir en seguridad. Los padres fundadores de Europa lo sabían, porque ellos sí conocieron la guerra y el hambre.

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