El Partenón no se vende

Fernando Salgado
Fernando Salgado LA QUILLA

OPINIÓN

27 ene 2015 . Actualizado a las 00:40 h.

Hace unos años, Finlandia, secundada por algunos diputados alemanes de la coalición entonces gobernante, sugería que Grecia avalase con el Partenón y algunas de sus seis mil islas -su gran tesoro patrimonial: las principales fábricas del país- los préstamos que le habían concedido los socios del euro. Parecía una exigencia razonable: usted acude a la ventanilla del banco a pedir un crédito y, como garantía, hipoteca su casa o las joyas de la abuela. Y si no paga religiosamente las cuotas, ya sabe, desahucio al canto.

Al final, después de un sinfín de dilaciones y regateos, la Troika aceptó como prenda, en vez de la joya de la Acrópolis, el pan y el aceite de los griegos, sus pequeños negocios, las nóminas de los funcionarios, las pensiones de los jubilados y hasta los marcapasos de los enfermos. Y el banco -perdón, el Fondo Europeo de Estabilidad Financiera- fue soltando la pasta, a cuentagotas, a medida que los prestatarios, como el shakesperiano personaje de El mercader de Venecia, abonaban en libras de su propia carne los créditos tan «generosamente» concedidos.

El negocio estaba bien diseñado. Rodríguez Zapatero, más cándido que sus colegas, lo destapó ingenuamente en abril del 2010: «Prestar dinero a Grecia nos hará ganar 110 millones anuales durante tres años». Sus cuentas eran sencillas. España aportaba inicialmente 9.800 millones de euros, que tomaba del mercado al 2 % y prestaba a Grecia al 5 %. Y aunque las condiciones fueron suavizadas posteriormente, nadie podrá negar que los llamados rescates, además de evitar que la peste negra contagie al euro, proporcionan réditos nada despreciables a los rescatadores.

Pero eso no es todo. Todo el dinero facilitado por la Troika no tenía por finalidad rescatar a los ciudadanos, víctimas de la crisis y de nefastos gobiernos, sino la de rescatar a sus acreedores. Fundamentalmente, los bancos griegos, franceses y alemanes, poseedores del 54 % de los bonos griegos a finales del 2008, que cobraron su dinero -tras aceptar una pequeña rebaja- y se fueron con la música a otra parte. La deuda griega pasó entonces a manos públicas: a los Estados de la eurozona, al BCE y al FMI.

En vez de proporcionarle ayuda para restaurar el crecimiento, Europa convirtió el país heleno en el principal laboratorio de las políticas de austeridad a ultranza. Y el experimento resultó catastrófico: la economía de Grecia se desplomó un 25 %, 29 de cada cien trabajadores están de brazos cruzados, las familias perdieron un tercio de sus ingresos y la caridad no da abasto con tanto indigente como pulula por las calles de Atenas. Pero todo eso no importa al cobrador del frac: lo prioritario, como sabe todo el mundo y reza el artículo 135 de la Constitución española, es pagar las deudas. Aunque sea imposible, por más IVA que le echemos a los griegos y por más medicamentos que les retiremos de las boticas. De ahí el ataque de nervios que ha provocado la victoria de Syriza. El triunfo de un partido que osa cuestionar esas políticas y esas prioridades. Y que amenaza con colocar, en el frontispicio de la Acrópolis, un mensaje contundente: «El Partenón no se vende». Pero de política partidaria, si me lo permite el director, hablaremos mañana.