S eñoras y señores, queda inaugurado el Período de Ideas Geniales. Constatada su aparición como el fenómeno más creativo y característico de este tiempo, solo le falta un detalle: crear un organismo que acoja las brillantes iniciativas que surgen cada día, las canalice y las convierta en bien público con amplia posibilidad de exportación. España podría atesorar un capital a base de cobrar royalties por su explotación en otros países. Y es que no hay ayuntamiento, comunidad, entidad ni personaje de relieve que se precie que no esté aportando alguna genialidad para superar estos tiempos de penuria. Es bien cierto que alguna de ellas encajaría mejor en el departamento de lo que Tip llamaba gilipolluá, pero tampoco se trata de devaluar la capacidad imaginativa del español de la crisis.
Sin mirar los antecedentes, solo en el día de ayer se podían encontrar en la prensa algunos exponentes de esa envidiable capacidad creativa. La primera en el podio ha sido, naturalmente, la propuesta de un miembro del Govern -entiéndase Gobierno catalán- de crear una sanidad para ricos y otra para pobres. Los ricos tendrían la obligación de suscribir una póliza privada de seguro médico, que se encargaría de curar sus dolencias. Los pobres, a los ambulatorios y hospitales públicos. No descarten que algún día habrá un Gobierno que asuma la idea, porque ya hubo un ministro que dijo: «El que quiera medicina de calidad, que se vaya al Rúber».
La segunda, el pago por usar las carreteras. Ahora nos damos cuenta de que el asfalto se agrieta, los camiones hacen roderas, las señales se gastan y los baches nacen como setas. Los organismos internacionales aconsejan invertir en conservación el 2 % del valor patrimonial de la red viaria. Y tampoco hay dinero. Hemos hecho un lujo de autovías, pero no las podemos conservar. ¿Solución? Que pague el usuario. Nadie sabe cómo, pero lo acabaremos pagando, como si no pagásemos ya impuesto de circulación, multas de tráfico, gravamen de las gasolinas y no sé qué de los neumáticos. Ahora la imaginación afronta otro desafío: cómo recaudar ese dinero sin aumentar la burocracia para poderlo cobrar.
Y tampoco se pierdan la ocurrencia del presidente valenciano, señor Fabra: ha ordenado a sus altos cargos que no coman menús que cuesten más de veinte euros. Quiere combatir el abultadísimo déficit de la Generalitat a base de quitarles una gamba de la paella. Como tampoco consiga ahorrar así, acabará haciéndoles beber agua del grifo. Y como les dará vergüenza llegar en coche oficial a un restaurante popular, acabarán por llevar la fiambrera a su despacho. ¿Lo ven ustedes? Hay que crear un ministerio. Y un registro. No se puede perder tanta genialidad.
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