L a estadística dice que la mitad de los músicos que se juntaron en Roma para interpretar el Aleluya de Händel y celebrar con alivio la caída de Berlusconi lo habían votado al menos dos veces. Porque sin ese voto no hubiese sido posible que este fantoche inculto y hortera hubiese ganado repetidas elecciones a lo largo de 18 años, imponiéndose a líderes tan experimentados e intelectualmente pertrechados como Prodi, d?Alema, o Amato.
Aunque ahora queramos decir lo contrario, Berlusconi no es un meteorito caído del cielo, ni un demagogo hábil y desconocido que consiguió engañar una vez al culto pueblo italiano, sino un multimillonario archiconocido que, a pesar de rezumar machismo, soberbia y corruptela, y de gobernar Italia mediante un explosivo cóctel de neoliberalismo e ingeniería financiera, fue elegido por el pueblo italiano para darle gas a la burbuja financiera que tanto les gustaba. La única razón por la que no podemos considerar a Berlusconi una descomunal desgracia, y en ciertos aspectos de su vida pública un verdadero payaso, es que el pueblo italiano lo eligió sucesivas veces, por sí mismo o por su atrabiliaria asociación con ese otro pájaro de cuenta -xenófobo, independentista y antieuropeo- llamado Umberto Bossi. Y por eso me extraña que ahora, cuando el velo de la estupidez acaba de rasgarse, todo el mundo se pregunte, mirando a otra parte, dónde nacieron los males de Italia.
Berlusconi es la equivocada elección de un pueblo que, perdido el sentido esencial de la política, distanciado de los verdaderos políticos y de los partidos mediante el mismo peligroso discurso que ahora nos gastamos por aquí -«todos son iguales y todos roban»-, y entregado con armas y bagajes a las reformas de oportunidad hechas como chorizos por redentores y demagogos, acabó creyendo que la solución de todos los problemas estaba en las fantochadas de Bossi, en los negocios y periódicos de Berlusconi, en hacerle jugarretas al poder de Bruselas, y en lanzarse todos juntos en brazos de la especulación y las burbujas financieras. Y mucho lamento que todo esto se haya derrumbado a causa del poder que ejerce Bruselas en coalición con la crisis, porque es una vergüenza para toda Europa que el pueblo italiano no haya sido capaz de librarse, ni antes ni ahora, de tan chabacano monicreque.
En las democracias avanzadas es imposible explicar las grandes líneas por las que transcurren la política, la economía y el sistema sin introducir en el análisis los millones de decisiones que, de forma individual o colectiva, adoptamos los ciudadanos. Y la gran lección de Italia es precisamente esta: que quien mal anda mal acaba, que el que con niños se acuesta meado se levanta, y que el que se afanó durante diecisiete años en buscar su desgracia pierde todo derecho a quejarse de sus males.
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