E l refranero acostumbra a ser sabio. Permítanme utilizarlo como argumento de fondo este domingo. El Gobierno presidido por Núñez Feijoo llegó a la Xunta a mediados del 2009. Una de sus primeras medidas fue reformar los presupuestos elaborados por los anteriores administradores, aquellos que iban a parar el Gaiás, por ejemplo, y no lo pararon, sino que incrementaron dispendios y derroches. En el 2010 y el 2011 se redujo de modo gradual el presupuesto de gastos de Galicia, hasta llegar al 15 %. El objetivo, que el presidente no deja de iterar, es la austeridad.
La posesión de objetivos es fundamental para cualquier empresa, y dogma de fe para un Gobierno; sin ellos, o cuando los objetivos son ideológicos remilgos, reina el caos. Me explico. Zapatero iba a acabar con el paro, y ya ven; sin embargo, en sus objetivos reales (anclados en el ámbito de la «idea y percepción progresista»), sí fue capaz de diseñar su España: encrespada con el pasado y la memoria, desnacionalizada, enfrentada con católicos y conservadores, sectaria, rencorosa, ordinaria y cachivachera. Es decir, la única reforma del zapaterismo descansa en la presumida superioridad moral de la izquierda que, como se cree en posesión de la verdad absoluta, puede sacarse del mágico sombrero un nuevo modo de pensar y ser social. Equivocación supina. Siete años de errores y horrores estos que hemos vivido. En total, 21 años de socialismo.
Núñez Feijoo representa, por fortuna para los gallegos, diferente semblante. Se ha adelantado en el tiempo a todo lo que a posteriori otros fueron copiando (Zapatero incluido). Ha fijado un techo de gasto, por ley, para que el derroche y el dispendio sean voces excluidas del vocabulario gubernamental. En Sanidad, contra viento y marea, contra recursos y zancadillas, ha apostado por racionalizar el desembolso farmacéutico. En el ámbito financiero ha apostado, jugándose la piel en el intento, por no malvender Galicia. Aquí ha peleado como nunca nadie antes lo había hecho. Peleado contra propios y ajenos, contra leyes improcedentes, cambios de palabra, giros y requiebros. Y gracias a todo ello, a día de hoy aún no hemos perdido el vocablo Galicia del banco donde los gallegos depositamos casi la mitad de nuestro ahorro.
Y, a pesar de todo esto, no falta quien lo critique ominosamente. Dicen que le ha crecido el paro: pero siempre cinco puntos por debajo del paro estatal. Dicen que recorta el gasto social: pero nunca Galicia había dedicado el 76 % de sus presupuestos a tal mester. Dicen que ha recibido al delator de un ministro: pero en un despacho oficial, no en una gasolinera.
Concluyo, por lo tanto, que el presidente de Galicia ha hecho en todo momento lo que debía hacer. E invito a quien disienta de mi criterio, que anote qué haría él en las circunstancias actuales. Refrán: una cosa es predicar, y otra, dar trigo.
En breve los contactos recibirán en su correo electrónico un enlace a la noticia
Gracias por usar nuestros servicios
Revise sus datos y vuelva a intentarlo
Si se vuelve a producir un error, es posible que el servicio está momentáneamente no disponible. Inténtelo más tarde.
Disculpe las molestias. Gracias por usar nuestros servicios