P osmodernas y admiradas empresas globales del siglo XXI se afanan, con gran esmero, en sacar todo el jugo posible a regulaciones del siglo XIX. Estos días conocimos que Google se estaba moviendo para defender su sistema operativo Android de litigios, como los procedentes de Apple, por supuesta vulneración de patentes. En agosto compró a IBM mil patentes. Además, su compra de Motorola le dará otras 17.000 patentes. Las necesita para apoyar a los fabricantes de teléfonos móviles que usan Android, ante la avalancha de demandas por supuesta vulneración de patentes.
Muchas de esas demandas proceden de Apple. Porque el control de los derechos para usar innovaciones sería -paradójicamente- el golpe maestro de esa mano invisible que se suponía decide en los mercados competitivos.
Google no es la única en hacer adquisiciones defensivas de patentes. Apple, Microsoft y Sony se unieron por su parte en un consorcio para adquirir las patentes de la empresa Nortel por tres mil millones de euros. El paquete lo integraban 6.000 patentes.
En su día, Google consideró la creación del citado consorcio para comprar patentes de Nortel como una campaña hostil hacia Android por parte de estas compañías. De manera que a unas compañías de los cachivaches tecnológicos de la información y la comunicación no les gusta la competencia de otras.
Es esta una guerra solo posible con el sistema de patentes que arrastramos desde nada menos que 1790, sistema del que el historiador de la técnica G. Basalla alertó, hace décadas, por su capacidad de conceder monopolios a grandes corporaciones. Esas corporaciones, hoy, son capaces de controlar industrias enteras mediante compra y manipulación de patentes.
Pues si bien tal sistema, en un principio, protegía a los innovadores mientras preparaban su invento para lanzarlo al mercado, tan pronto como grandes empresas consiguen el control de las patentes, utilizan ese monopolio para suprimir cualquier invención que pueda perjudicar sus propios productos o potenciar los de una empresa rival.
Corporaciones que utilizarán a inventores cautivos para idear máquinas y procesos que protejan y perpetúen sus propios productos patentados e invadan los de los competidores. Basalla concluía diciendo que «los implicados en estas maniobras rara vez piensan en el beneficio social». Los califica como usos improductivos de las patentes en la industria moderna.
Y entonces, en vez de ser fuente de innovación, se investiga, se patenta y se compran patentes para conservar el statu quo; para evitar la competencia. Y en eso están Google, Apple & Cía. Las empresas más modernas. En pleno siglo XXI.
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