L os precios siempre han sido materia de litigio. Es cierto. A la economía se la invitó a existir en Roma porque la llamaron los jueces. Ahí está el Codex Iustinianus para demostrarlo. En la Edad Media, terminada la oscuridad del románico, ocurrió lo mismo. El saber económico fue mimado por los doctos de la Iglesia, al ejercer su papel de jueces o asesores de los precios. Durante siglos, o acaso más de un milenio, pensamos que el valor, y en consecuencia el precio, era la suma de partes, tales como los costes. En esa base construyó Marx su ideología, exigiendo que a una, la laboral, se le adjudicase la plusvalía del bien producido.
Al igual que la noche tiene su despertar, el pensamiento económico dominante fue destronado por los que dicen que algo solo vale lo que los demás quieren pagar por ello. Así, cuando va al mercado a comprar unas manzanas, poco le importa que las hayan obtenido con facilidad en un valle de Arteixo o vengan de de los cañones del río Sil.
Este debate secular se reproduce hoy. Unos desearían que NCG fuera valorada por su contabilidad y otros, el Banco de España, por lo que se pagaría por ella. Aunque comparto la visión del Banco de España -el mercado marca los precios-, toca ir más allá. Me gustaría que me explicasen cómo se llegó al 7 %. Y no me sirve que me digan que así la pagaría el mercado. ¿Qué mercado? No existe. ¿O acaso no nos hemos enterado que es ilíquido y que los precios de estos mercados son una estupidez económica? Y que no me mencionen a Bankia. Fue ella quien nos mostró la inexistencia de la demanda. La inmensa mayoría del tramo institucional fue comprado por Mapfre, que aportó 300 millones. Y lo hizo por lealtad a quien es su socio en determinadas operaciones. Que la fuerza mediática de Rato no nos haga creer que hay casos de éxito y de fracaso. Solo hay de fracaso.
¿Cómo valorarlo entonces? Usando los precios de los mercados líquidos, el descuento medio al que está sujeta la banca en la Bolsa española. ¿Qué nos da el 7 %? Será porque el valor contable que nos han dicho es hijo de la contabilidad creativa. Es decir, falso. Pero que nos lo digan. Ni estamos para pagarle a nadie diez millones de euros por hacerse castillos de naipes mentales con los balances de la caja, ni para que el Banco de España juegue a especulador financiero. Por Dios, que alguien ponga orden.
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