Quién riega una mala hierba? Nadie. A menos que vea en ella algo interesante que otros no alcanzan a ver. La burocracia en España, al igual que una mala hierba que destroza la estructura de un jardín, impide, por su robustez, que aquello que anhelamos ver, la inversión privada, explosione. Cuando nuestra bonanza nos permite un ejército de jardineros, ni nos fijamos en ella. Sabemos que está ahí, pero nada más. Pero no es el caso de esta España, carente de recursos y con el cuerpo agotado, ansioso de facilidades que le den esperanza cuando no oxígeno.
Pero algo debe tener esta burocracia que nos sacude, para que tenga una legión de adoradores. Y los que así piensan no se equivocan. Al igual que la sal, donde un exceso es veneno y la dosis justa un don divino, en la burocracia ocurre lo mismo. Las organizaciones maduras y asentadas, conocedoras, a través del aprendizaje, de los procedimientos más acordes con sus objetivos, tienen la necesidad de crear normas o reglamentos que generen luz y otorguen transparencia a la organización. Cuando este espíritu gobierna la Administración pública, nada hay que objetar. Pero esta no es la realidad a la que nos enfrentamos, ni ahora ni en el pasado.
El franquismo, carente de musculo económico, utilizó la burocracia como elemento de poder y control. Tras la muerte del general, la clase política de la transición gestó un sistema partitocrático, al cual denominamos democracia. El nuevo campo de juego, basado en un sistema de grandes partidos, en donde uno desgasta al contrario mediáticamente, acabó de transformar a la angélica mariposa en una grotesca oruga. Al control del poder se sumó una nueva estirpe, ausente en la dictadura, el gobierno de los irresponsables. ¿Qué buscan bastantes aspirantes a político profesional? Acción de gobierno sin asunción de responsabilidades y con un coste asumible a su presupuesto. Nada mejor que un buen reglamento. Se construye con un editor de texto. Si sale mal se argumenta que la culpa fue del Parlamento o de la Corporación que lo aprobó sin haberlo debatido adecuadamente, y con espíritu guerrero siempre puede clamar en la prensa que es para él una prioridad mejorarlo. Ahí tiene, más acción de gobierno. Si sale bien, estará años diciendo que gracias a él se transformó no sé qué realidad.
Ejemplos tenemos miles. Si hoy usted desea abrir un local de libre concurrencia, es decir, un negocio cara al público, y le diseñan un proyecto acorde a la normativa autonómica, que es lo que se espera que haga su arquitecto, posiblemente no pueda asumir los costes. Cuando vaya a pedirle clemencia al técnico de urbanismo, observará que la casa consistorial no cumple ni la mitad de los aspectos que a usted le exigen bajo pena de cese forzado de actividad. Ahí tiene. Un instrumento de poder en manos de un alcalde y un intento de cambiar una realidad a través de una acción en el Parlamento de Galicia ¿Y nosotros? Indignados.
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Los excesos administrativos
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