S i al ministro de Interior de cualquier país le dijesen que va a celebrarse un evento que reúne a más de un millón de jóvenes, que van a permanecer incrustados en la vida de la ciudad durante siete días, haría inmediatamente dos cosas. La primera, echarse a temblar. Y la segunda, desaconsejar la celebración de los actos en el centro urbano, desplazar a los jóvenes a campas externas, y blindar la ciudad contra bandas incontroladas.
Pero esas medidas no parecen necesarias cuando los jóvenes acuden a una llamada de índole religiosa, que solo la Iglesia católica es capaz de elevar a cifras inimaginables en cualquier evento de otra naturaleza. Si el Gobierno hubiese tenido criterios y personalidad para prohibir la marcha laica -ejemplo de convocatoria marginal, provocadora y descontextualizada-, los días de la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) habrían pasado sobre Madrid sin despeinarla y sin despertar a nadie, y nunca habría sido más fácil mantener el orden y el buen gusto en la ciudad que bajo la disciplina y colaboración de esta masa ejemplar y admirable.
Su distribución por los museos y lugares emblemáticos de Madrid, su asistencia a los actos complementarios de la visita del papa -conferencias, celebraciones, catequesis y conciertos-, y su ordenada presencia en los actos masificados, pone de manifiesto un comportamiento cívico sumamente responsable, que ya antes se había observado en las jornadas de Santiago y Australia, en las grandes y habituales concentraciones de la plaza de San Pedro, en las misas multitudinarias que han celebrado los papas en muchas naciones del mundo y en los actos religiosos que, entreverados con actividades lúdicas y gastronómicas, concentran masas impresionantes de ciudadanos a lo largo y ancho del año cristiano. Y por eso hay que preguntarse, en términos puramente científicos, a qué se debe esta característica especial de las concentraciones religiosas.
La única diferencia que hay entre estos actos y los otros es la preeminencia de los principios éticos y religiosos, y de los valores comunitarios interpretados a la luz de la fe, sobre las oportunidades lúdicas y los desahogos colectivos a los que dan lugar las concentraciones masivas. Y eso, bien estudiado y delimitado, es un diagnóstico sobre algunos de los males que afectan a la vida y educación de los jóvenes, y una invitación a reflexionar sobre la forma en que se quieren sustituir los valores religiosos, individualmente asimilados, por legislaciones de inspiración laicista centradas en una determinada concepción de la igualdad y en la libertad personal de decisión. Quizá por eso, a pesar de sus propias crisis, de las persecuciones y de los intentos de descristianización activa, la Iglesia vuelve siempre. Porque nunca ha olvidado que «no solo de pan vive el hombre».
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