E stamos rigurosamente vigilados, como aquellos trenes del libro de Hrabal. Las cámaras de tráfico, de las sucursales bancarias, de los palacetes oficiales y del supermercado de la esquina escudriñan a diario hasta el último poro de nuestra nuca en busca de un mal gesto que nos delate. Pero, como en la novela, siempre aparecen escondrijos ocultos adonde no llegan los ojos metálicos de los guardias. Y aunque los ferrocarriles estén rigurosamente vigilados, no tiene que suceder lo mismo, por ejemplo, con el interior de un archivo como el de la catedral de Santiago, donde ni una sola cámara de seguridad oteaba los pasos de los investigadores y demás visitantes en su manejo de algunos de los tesoros más valiosos de Occidente. A lo mejor, como en otros tantos casos, el problema está precisamente en un reparto desequilibrado. Tal vez sobra alguna que otra cámara que filma sin pausa la peli de serie b de nuestra vida y falta alguna allí donde reposa la herencia de Europa.
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