E l Movimiento 15-M, cuya existencia presumo fugaz y electoralmente irrelevante, no ha crecido -aunque puede haberse originado- por la fuerza de Twitter o Facebook, sino por la obsesiva atención que le prestaron los medios tradicionales -televisiones, periódicos y tertulias- animados por personas que, lejos de reflexionar sobre el fondo de la cuestión, padecen el síndrome de «fascinación tecnológica».
Lo que producen las redes sociales es una especie de juego efímero que se contextualiza en la crisis, y que, a base de mensajes tópicos, elementales y con frecuencia ignorantes, generan un movimiento muy goloso -por teatral y por apelar solo a la protesta instintiva e irreflexiva- para su posterior utilización por los medios clásicos. Y hay que reconocer que, en una campaña sumamente aburrida, en la que todo el mundo parecía huir de los planteamientos de fondo, la aparición de la chavalada y de los cuatro nostálgicos del Mayo-68 que intentan rejuvenecerse en las barricadas, supuso una fuente de actualidad inagotable y barata para los que tienen que hablar de política varias horas cada día.
Pero los que no sentimos fascinación repentina por lo nuevo, ni consideramos la moda como una palanca de cambio, debemos recordar que lo que menos necesita España en este momento son los diagnósticos infantiles y simples -«banqueros ladrones», «hay que cambiar el sistema», «stop new world order», «todos sois el enemigo» o «Spanish revolution»-, que después se resuelven con respuestas alucinógenas ?«no votes», «indígnate», «referendo para todas las leyes», «circunscripción electoral única y abierta (¡350 candidatos por papeleta!)- y otras genialidades por el estilo.
La democracia permite que cada cual diga y haga -dentro de la ley- lo que mejor le parezca. Pero la democracia no es eso, sino un sistema de normas e instituciones que hace posible elaborar alternativas y tomar decisiones de autoridad mediante la información, el diálogo y la participación ciudadana. Por eso me temo que la única democracia real -aunque tenga defectos- es la que tenemos, y que alguien debería recordar que no es bueno ni inteligente jugar como chiquillos con las cosas de comer.
Una tontería no deja de serlo por el hecho de que se difunda por Twitter. Y una genialidad política difícilmente se construye sumando frases sueltas de 140 caracteres. Una persona indignada no es más inteligente ni tiene más autoridad moral que una que vive normalmente y trata de mejorar su mundo. Y tampoco me parece buen consejero un populismo democrático que, para suponer que unos miles de twitteros tienen en su mano la regeneración democrática, tiene que suponer que el 99% de la población restante vivimos en Babia, nos chupamos el dedo y no tenemos sangre en las venas. Es, como diría Obama, para hacérnoslo ver.
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