N o hay duda de que la solución a la piratería está en tierra. En esa misma tierra en la que permanecen secuestrados dos marineros gallegos que ni por asomo se esperaban encontrar, en vez de las gatas a por las que iban, una lancha con piratas somalíes que el día de los Santos Inocentes los invitaría a vivir una aventura que solo conocían por lo que habían leído del Playa de Bakio o el Alakrana.
Delante de los 3.000 kilómetros de costa de Somalia hay millones de kilómetros cuadrados de océano. EE.?UU., China, Taiwán, la India, la OTAN, la UE... Todos han desplegado allí sus patrulleras para impedir los asaltos y proteger a los mercantes y barcos que transportan ayuda humanitaria. Los atuneros han incorporado en su plantilla vigilantes privados armados hasta los dientes como si en vez de a por atún fuesen de conquista militar. Ese despliegue ha reducido el número de secuestros, pero también ha provocado que la amenaza pirata se extienda cada vez más lejos. Habrá entonces que atacar por la retaguardia. En tierra.
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