A firmar que el problema del fracaso escolar es, junto al del paro, el mayor que hoy tiene España, quizá podría resultar exagerado, vista la crisis política y económica en que actualmente se debate este país.
Sin embargo, yo no lo veo exagerado. Es más, estoy persuadido de que el hecho de que, junto a Portugal, y después solo de Malta, seamos el país de Europa con mayor tasa de abandono escolar (el 31,2%), y uno de los cuatro en nuestro continente en que esa lacra ha aumentado (el 7,2%), en lugar de reducirse, en el último decenio tiene mucho que ver con nuestro paro estructural, que deja a cerca de dos millones de personas sin trabajo incluso cuando la economía crece de forma sostenida.
Por eso el binomio fracaso escolar-desempleo constituye un gran naufragio colectivo: de nuestros sistemas educativo y productivo y de la sociedad y sus instituciones, que han sido incapaces de torcerle el brazo a esa auténtica tragedia.
Porque el hecho de que en España abandonen sus estudios en secundaria 10 veces más niños que en Croacia, cuatro más que en Austria, tres más que en Alemania o más del doble que en Francia, debería ser el principal motivo de preocupación de todos los que tienen algo que ver con el sistema educativo, como lo es ya, sin duda, de una gran parte de las familias españolas.
No es difícil suponer que las causas del fracaso serán múltiples, pero yo, como padre que, pese a tener la fortuna de no padecerlo, llevo hablando de ese problema desde hace años con mucha gente de diversas profesiones, formas de pensar y circunstancias, creo que una, entre ellas, debería ser motivo de seria reflexión: me refiero al desde mi punto de vista disparatado diseño curricular, que, a fuerza de ser excesivo, acaba provocando lo contrario de lo que supuestamente persigue: no es inclusivo, sino excluyente, pues, por desproporcionado, resulta inasumible para miles de niños que prefieren sencillamente abandonar ante su incapacidad de abarcar lo que, sin pies ni cabeza, se les pide.
Es suficiente con coger un libro de matemáticas, física y química o biología, e incluso de disciplinas más amables (historia, literatura o geografía), para comprobar que quien ha fijado oficialmente el diseño curricular al que responden esos textos lo ha hecho sin importarle un pito que una gran parte de los niños españoles ?los de verdad y no los que los programadores imaginan? abandonen sus estudios.
Llevo treinta años dando clase en la universidad y, aunque sé que la situación es diferente, en ese tiempo he aprendido una gran lección como docente: que no hay peor estímulo para el estudio que fijar un umbral de exigencia que solo los mejores son capaces de pasar. No estaría mal que quien debe hacerlo en relación con otros niveles de enseñanza pensase un rato en ello.
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