Además de político, escritor y cantautor, José Antonio Labordeta comenzó siendo profesor. Coincidí con él cuando yo daba mis primeros pasos en la enseñanza, recién terminada la licenciatura de Química, en los cursos 1966-67 y 67-68. Labordeta era el jefe de estudios del instituto Ibáñez Martín en Teruel. He compartido con él, en su casa, la tarea de hacer horarios, que entonces se elaboraban a mano. Además de su labor docente, su inquietud intelectual le llevaba a organizar obras de teatro y otras actividades culturales. También a la continua compra de libros, algunos de la trastienda que había en las librerías de la época. Su esposa, Juana, se lamentaba: «Ahora los compra hasta sin dinero». Los sueldos de los profesores no eran gran cosa.
Labordeta cantaba y tocaba la guitarra. Grabó una cinta con unas cuantas canciones, que oímos algunos compañeros, antes de remitirla a la discográfica. De ahí saldría su primer disco con letra y música suyas ( Los leñeros, Los masoveros, Réquiem por un burguesito, Estas arcillas ). Lo he oído mil veces. Pero ahora, después de su muerte, se me llenaron los ojos de lágrimas al oír la voz de un poeta que canta, como decía Sanchís Sinisterra (hoy famoso dramaturgo y entonces catedrático de Lengua) en la presentación de este disco.
Después, Labordeta hizo muchas más cosas, fue conocido y admirado por todos, hasta convertirse en un aragonés universal, como decía alguien al que le han puesto el micrófono. Pero todo estaba inicialmente allí, en la ciudad del mudéjar. Descanse en paz.
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