Seamos sinceros: don Tomás Gómez puede haber sido un magnífico alcalde de Parla, muy querido de sus vecinos y muy votado. Pero, como aspirante para competir con Esperanza Aguirre, era muy poca cosa. Todo el mundo estaba de acuerdo -véanse las hemerotecas- en que el Partido Socialista estaba dispuesto a regalarle un nuevo mandato al Partido Popular. Por lo tanto, si yo fuese Zapatero, haría lo mismo que él: encargar una encuesta para tratar de no hacer el ridículo, confirmar que con Tomás Gómez no se gana, y encomendarle la misión a quien tenga alguna posibilidad de victoria. A quien saliera señalado por el dedo demoscópico le había tocado. Y le tocó a Trinidad Jiménez.
Hasta ahí no se ha cometido ningún error. Lo ocurrido después fue que don Tomás es el secretario general del partido en Madrid, tiene sus ambiciones políticas, salió respondón, forzó a su líder a jugarlo todo en unas primarias y cosechó el primer éxito: ¡el primer socialista que se atreve a decir que no a Zapatero! ¡El tipo con más redaños que se ha visto en el partido! Un díscolo, un rebelde, uno que no sigue el guión, un heterodoxo, el osado dirigente que sepulta el principio de que «quien se mueve no sale en la foto». Se rodeó de una aureola de héroe en un panorama político dominado por el «sí, señor». La prensa dedujo que, si alguien desobedece a Zapatero y no cae fulminado por el rayo, es que Zapatero ha perdido autoridad.
De esta forma, Don Nadie Gómez se convirtió en un nuevo líder que, además, encontró su discurso: «No os cambio por una encuesta», dijo a sus seguidores, que aplaudieron enardecidos. Y encima, la prensa conservadora lo airea y enaltece, convencida de que un triunfo de Gómez será la grandiosa oportunidad de darle otro golpe a Zapatero: un voto de castigo interno, la rebelión de las bases, el carisma perdido en el PSOE, la explosión del descontento? En el reino de las medianías, el ex alcalde de Parla se ha convertido en un gigante.
Mientras, la buena de Trinidad Jiménez, más Trini que nunca, no sabe muy bien qué decir. Y el presidente se tiene que poner el traje de bombero y decir que en estas primarias no se jugará nada. Se equivoca el presidente. Se juega lo que la opinión pública decida que se juega. Y si decide que es la rebelión de las bases contra sus deseos, así lo será. Solo tiene una solución: ahora que sin querer hizo de Gómez lo contrario de lo que buscaba, un hombre respetable, un hallazgo político, se tiene que subir a su carro. Y aprender una vez más la lección: las primarias son un bellísimo ejercicio democrático, pero cargado por el diablo con munición de enfrentamiento. Y es que democracia interna y partidos políticos sigue siendo una contradicción.
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