Ante la tregua de ETA anunciada ayer, novena ya de una larga serie, caben tres interpretaciones contrapuestas: la que afirma que aquí no hay nada nuevo; la que piensa que estamos ante una oportunidad para la paz; y la que, como suele hacer el PSOE, piensa lo segundo pero dice lo primero.
Unos dirán -con el PP a la cabeza- que la tregua no es más que una maniobra de distracción que los terroristas utilizarán para reorganizarse y rearmarse, y que tanto el Gobierno como los buenos demócratas están obligados a considerarla como otra «tregua trampa», y a mantener en todos sus extremos la persecución policial de los armados y sus adláteres. Otros dirán, como el PNV y EA, que vale la pena explorar el nuevo escenario; que una tregua unilateral es mucho más que nada, aunque sea mucho menos que lo que la sociedad vasca esperaba; y que hay que iniciar maniobras de normalización que ayuden a reconducir el conflicto vasco a los cauces estrictamente políticos.
Y el Gobierno, finalmente, jugará al puro oficialismo de la tercera vía, dando a entender que esto es algo, pero no suficiente; diciéndolo todo con palabras calcadas del PP -al que los socialistas le han entregado la medida de la lealtad a la ley y a la patria--, pero negando cualquier supuesto de negociación anterior o posterior a la tregua. Porque tanto Zapatero como Rubalcaba le han cogido un gusto extraordinario al maximalismo justiciero del PP, que hoy les proporciona la protección más confortable para huir de cualquier iniciativa, para no correr el riesgo de equivocarse, y para acallar la conciencia a base de determinaciones de la ley positiva.
Desde una perspectiva politológica, estrictamente analítica, se puede rehusar la posición intermedia -«porque eres tibio te arrojaré de mi boca», dicen las Escrituras-, pero es imposible conceder mayor realismo o acierto a una de las otras dos posturas enfrentadas. Y por eso estoy convencido de que estamos, como tantas veces en política, en un momento apto para la buena voluntad. Si adoptamos la postura negativista, la que piensa en la «tregua trampa», la tregua fracasará sin remedio, y la incógnita se traslada a la posibilidad de acabar con ETA pronto, de una manera indubitada, y por métodos policiales. Y si adoptamos la postura posibilista, la tregua podría servir para algo, y ayudar, mediante la reintroducción de los aberzales en el sistema, a la normalización de la política vasca, aunque este supuesto tenga, en su conjunto, algunas posibilidades de fracaso.
Yo, claro está, me inclino por el supuesto positivo. Pero soy realista, y no tengo ninguna duda de que todo va a acabar como diga el PP. Porque ni siquiera Rubalcaba está dispuesto a jugarse nada en este envite.
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