La noticia del viernes era que el Rey de España, convaleciente de una enfermedad sin importancia, había sido informado por el presidente del Gobierno de que las tropas españolas seguían en Afganistán en misión humanitaria, y que los 92 militares muertos en tan abnegada misión son víctimas de un terrorismo contumaz que nada tiene que ver con que los soldados estén en tierra ajena, uniformados y armados, e icen en sus bases una bandera encuadrada en la coalición invasora. Dos verdades «políticas», que tienen la virtualidad de adaptar la realidad a los objetivos del poder.
La noticia del jueves había sido el milagroso hallazgo de 200 millones de euros destinados a rescatar obras tan imprescindibles e inaplazables como el caprichoso vial que va a unir Santiago con Lugo en paralelo a la A-6. Este antojo, que será una de las tres autovías que unirán tan populosas metrópolis (por la A-6 y la AP-9, con 128 kilómetros; por Palas de Rei, con 98 kilómetros; y por Lalín, con 112 kilómetros), obligará a aplazar el necesario enlace entre la autovía del Cantábrico y el sur de Galicia, y que en su día será, con 103 kilómetros, la cuarta alternativa entre el Apóstol y el Sacramento. Un prodigio de racionalidad y ahorro que, a base de adaptar la realidad a la conveniencia, nos permite explicar muchas cosas que, con apariencia de desgracias caídas del cielo, o de la Moncloa, constituyen la pura lógica de un país sin proyecto.
La misma noticia también insistía en mantener el monumental despilfarro del AVE Barro-O Carballiño, cuya única misión es que el tren que pagamos todos llegue al Vigo de Caballero 20 minutos antes que a la Coruña de Losada. Porque, bajo la apariencia de una lucha leal por el progreso, la estúpida competencia entre las ciudades del norte y el sur acabará por desvertebrar el país en todos sus servicios e infraestructuras, sin que nadie lo denuncie ni nadie lo pare.
En medio de tan «veraces» noticias, la vicepresidenta Salgado también anunció que la reforma impositiva que se pretende incluir en la ley de presupuestos solo tiene un sentido estético y de justicia, sin nada que ver con la necesidad de equilibrar las cuentas del Estado. Quizá por eso la señora Salgado se atrevió a afirmar que la subida no afectaría en ningún caso a las clases medias, como si fuese posible mover la fiscalidad de un Estado de bienestar sin tocar de forma significativa a los que -en términos políticos y económicos- le sirven de fundamento.
En resumen, que con la plena complicidad de los localismos, las verdades «políticas» están sustituyendo a la realidad con éxito notable, lo que puede llevarnos a afrontar la próxima serie de elecciones sin saber bien qué nos pasa, o en dónde nos encontramos. Y eso sería un desastre.
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