Podríamos comenzar por una adivinanza: ¿Qué tienen en común el presidente del Gobierno y el líder de la oposición, que los distingue de la inmensa mayoría de los primeros espadas de la política europea? ¿Cuál es esa peculiar característica que Rajoy y Zapatero comparten, además, con quienes fueron en España presidentes de Gobierno y líderes de la oposición antes que ellos?
Es fácil: que ninguno sabía una palabra de inglés cuando ejerció sus responsabilidades, a diferencia de quienes son ahora o fueron antes sus homólogos. De hecho, con la excepción de Manuel Fraga (embajador en el Reino Unido del régimen franquista) y de Borrell (fugaz líder socialista) el analfabetismo en la actual lengua franca del planeta hace de nuestros máximos (y no tan máximos) dirigentes políticos una excepción en el contexto comparado, tanto dentro como fuera de la UE.
Como es obvio, tal analfabritismo -si me permiten el palabro- no es una deficiencia genética de quienes se dedican a la política en España, sino la mera expresión de lo que ocurre en nuestra sociedad. Tanto que en ninguna ocasión como en esta es verdadero el dicho (en general exagerado) de que los políticos son un fiel reflejo de la sociedad a la que sirven.
Ese desconocimiento del inglés, que constituye una carencia económica y cultural de primera magnitud en la actual sociedad globalizada, es más grave por cuanto la incapacidad del sistema educativo para lograr con carácter general un nivel razonable de conocimiento de esa lengua se traduce en una brecha social que, con el tiempo, no hace otra cosa que agrandarse: los hijos de quienes pueden pagar una formación adicional (con profesores particulares o cursos en el extranjero) lograrán hablar inglés, y los restantes chavales -es decir, la inmensa mayoría- no lo conseguirán, con lo que competirán en mucho peores condiciones en el mercado, actual y futuro, de trabajo.
Por eso, si yo tuviera alguna posibilidad de influir en el presidente de la Xunta, le aconsejaría que no cejase en el cumplimiento de su promesa de hacer del inglés, de forma generalizada, una de las lenguas vehiculares de la enseñanza en todos los colegios de Galicia.
Tal promesa es asumible con un esfuerzo presupuestario sostenido -como lo demuestra lo sucedido con la enseñanza del gallego-, constituye una medida de justicia social indiscutible y supone una contribución fundamental al futuro del país. Pocas tienen esa importancia decisiva. Y por pocas, como por esa, merece la pena pelear. Si Alberto Núñez lo lograra se habría ganado a pulso un sitio destacado en la reciente historia de Galicia. Porque, del mismo modo que París bien vale una misa, Londres o Nueva York bien valen una legislatura del Parlamento regional.
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