Nadie le negará el derecho a Carlos Vila, gerente de Galicia Calidade, a presentarse a plazas de peón o maestro de percusión en la Diputación ourensana. Ejerce su libre albedrío cuando lo hace. Quizá, agobiado por el imprevisible futuro, ha tomado su decisión a sabiendas de que el Gobierno Zapatero nos pinta una España tan negra que será imposible colorearla de nuevo. No obstante, llama la atención que un hombre que habla cinco idiomas, graduado en Derecho y con estudios optimizados en California, se presente a peón o percusionista en una de las provincias más pobres de España. Ourense, patria del penúltimo reducto caciquil, sigue ocupando titulares de prensa por noticias como esta: Baltar y los suyos. Ese es el posesivo: «suyos», conmigo o en mi contra.
Hace meses vivimos uno de los episodios más deshonrosos que yo recuerdo en política: las elecciones a la presidencia del PP ourensano. Desde entonces no se hablan los candidatos. La imagen que exportó Ourense produce alipori, una desmedida vergüenza ajena. Ourense sigue empeñada en mancharse con las cosas de la Diputación.
Y no porque el gerente de Galicia Calidade no tenga derecho a presentarse a su plaza, reitero, sino porque exudamos mugre y cochambre.
Ser quien representa la Galicia luminosa del siglo XXI (Galicia Calidade) es incompatible con tocar el bombo al lado del trombón de Baltar, excelente percusionista también. Entrar en la Diputación es el objetivo. Promocionar en ella, perpetuar este Ourense penúltimo en todo. Hay cosas que, aunque legales, resultan ultrajantes. Esta es una de ellas.
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