La iniciativa de los nacionalistas catalanes de prohibir los toros llevó a la plaza de Pontevedra a tres políticos gallegos relevantes, Feijoo, Blanco y Rajoy. Afición al margen, acudieron con el ánimo testimonial de defender la fiesta. Los tres apelaron a la libertad. Sin embargo, ninguno entró en el quid del asunto: al margen del anecdótico caso canario, ¿por qué son precisamente los catalanes quienes han proscrito los toros?
En Cataluña perviven otros festejos brutales con animales, que no han sido objeto de la atención coercitiva de sus legisladores. Son los correbous , encierros a la catalana. Los más populares son el toro ensogado y el toro de fuego. El primero es arrastrado por las calles, enganchado a una cuerda de la que tiran los entrañables mozos. El segundo porta bolas de brea en llamas en la cornamenta, ingenio que suele provocar al animal dolorosas quemaduras. En ambos rituales las bestias suelen ser zaheridas por el respetable, que cuando se entona no desdeña los palos y botellazos para estimular a la res. Pero entre estos pasatiempos y las corridas media una diferencia sustancial: unas son tradiciones catalanas, mientras la otra tiene inequívoca raigambre española.
Si el objetivo de los parlamentarios catalanes fuese evitar la crueldad contra los animales se habrían ocupado también de los mataderos, los correbous , los abrigos de pieles... No lo hacen, porque el móvil auténtico es otro: se trata de desespañolizar Cataluña para ir dando pasos simbólicos hacia el objetivo final: la utopía -o ya no tanto- soberanista.
La misma pulsión ha llevado a restringir por ley el cine en castellano, ha retirado el español de las escuelas (¡lengua materna del 55% de su población!), o ha animado decisiones tan burdas como impedir que en las plazas de Barcelona hubiese pantallas con los partidos del Mundial. El nacionalismo finge encarnar la opinión de toda la ciudadanía y fomenta el resentimiento hacia lo español. Una impostura frustrante y antidemocrática, que también conocimos en Galicia en la etapa en que Quintana se creyó presidente. Es notable que en cuanto el BNG dejó de controlar la Xunta y sus resortes mediáticos desapareció por ensalmo de Galicia cualquier atisbo de animadversión hacia España.
Aunque el espectáculo taurino ya expiraba en Barcelona por simple falta de afición, la prohibición tiene gran calado simbólico. Al hilo de ella, sigue echándose en falta una labor didáctica de los políticos constitucionalistas para realzar las ventajas que reporta el Estado a Cataluña. Lástima que el principal encargado de tal tarea, el presidente del Gobierno, tenga más interés en apuntalar su tambaleante asiento con pactos oportunistas que en solidificar el país que tiene la encomienda de gobernar. Blanco fue a los toros, aunque le cayó una sonora pitada, y se significó a su favor como un gesto en defensa de lo español. ¿Lo haría también su jefe?
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