El cine europeo está vivo. Tan vivo y descarado como, a veces, la música de Chaikovski. Llega al videoclub una película de las que hacen reír y emocionan hasta la lágrima: El concierto . Cuenta la historia de un director de orquesta defenestrado en Moscú y que logra, muchos años después, volver a coger la batuta en París con un grupo de músicos rusos. Hay enredo personal. Y habla la música para que el hombre enmudezca. Hay una solista que se atreve con el concierto para violín de Chaikovski, el mismo que, en su día, se consideró de un virtuosismo impracticable. Pero, sobre todo, está ese sello de calidad que pervive en determinado cine europeo. La película es una alianza entre Francia, Italia, Rumanía y Bélgica. Es genial el retrato del alma eslava, de la vida al límite, del vodka que puntea las notas, del desorden que conduce, milimétrico, al orden total de una interpretación prodigiosa sobre el escenario. Fallar siempre para acertar en el día de autos. El filme pasa de ser una broma exagerada a una conmovedora historia de cómo el talento, temprano o tarde, siempre triunfa. Menos mal que hay momentos en la vida, como los que retrata la película, en los que no solo la basura sale a flote. Melanie Laurent es la actriz que hace de la violinista, hermosa como el acorde que se hace o deshace en arpegio. Europa todavía está a salvo en las salas de los conciertos. No todo es cine a todo volumen para no escuchar nada.
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