Tras las movilizaciones en la calle de guardias civiles, solo le faltaba ya a este Gobierno una manifestación de militares de uniforme para alcanzar límites de ridículo que ni los más pesimistas pudieron llegar a imaginar.
Pero con esa esperpéntica noticia podríamos encontrarnos, al parecer, a la vuelta del verano si el Ministerio de Defensa no accede a varias de las peticiones de las asociaciones constituidas en el seno del Ejército.
Entre ellas están algunas de naturaleza profesional, que no comentaré, pues desconozco qué razón asiste a cada una de las partes. Pero están también exigencias relacionadas con el ejercicio por los militares de determinadas libertades -como las de expresión, asociación o manifestación- que van a ser, según denuncian las asociaciones aludidas, reguladas de un modo mucho más restrictivo que el que Carme Chacón anunció al llegar al Ministerio de Defensa. Conociendo la forma de actuar de este Gobierno es seguro que fue así, lo que no quiere decir que la ministra yerre ahora, sino que, con toda seguridad, se equivocó cuando hizo, al igual que quienes se sientan con ella en el Consejo, esa demagogia populista de la que están enamorados Zapatero y todos aquellos a quienes recluta para su causa del buenismo irresponsable.
El Estado constitucional se construyó desde sus orígenes, en relación con las fuerzas armadas, sobre la base de dos principios esenciales que la Constitución francesa de 1791 expresaba ya a la perfección: «La fuerza pública es esencialmente obediente; ningún cuerpo armado puede deliberar».
La milicia obedece y no discute de política, pues si llega a no hacer lo primero y a empeñarse en lo segundo no solo deja de tener razón de ser su monopolio de la violencia legítima, sino que es muy posible que acabe por convertirse en un pequeño estado dentro del Estado. En España tenemos tanta experiencia histórica al respecto que resulta innecesario cualquier comentario adicional.
Es verdad que la desaparición de la conscripción universal tras la suspensión o supresión en algunos países del servicio militar obligatorio convierte al Ejército en algo bastante diferente de lo que tradicionalmente fue, pues ya no solo los mandos, sino la tropa, son profesionales que se dedican a la milicia como una forma de vivir. Y es verdad también que ese cambio debe llevar aparejadas novedades en el tratamiento que ha de darse a las exigencias meramente corporativas de los miembros del Ejército.
Pero, siendo todo ello verdad, lo es mucho más que la profesionalización no puede traducirse en ningún caso en que los militares se comporten igual que los civiles. Porque es ese distinto comportamiento el que justifica el inmenso privilegio del uso de las armas.
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