Ver a Joan Laporta llamando a la unidad nacionalista para proclamar por las bravas la secesión de Cataluña convierte al ex presidente del Barça en un personaje a medio camino entre Gila y Homer Simpson. La imagen del Laporta independentista constituye, sin duda, un esperpento, pero nada sería más estúpido que tomarse a broma lo que de broma no tiene más que la apariencia.
Porque, aunque cabe, si finalmente decide presentarse, que Laporta se estrelle y, tras ir a por la lana de los votos descontentos de CiU y ERC, salga trasquilado, lo cierto es que la mera posibilidad de que pueda concurrir a los comicios -no digamos ya que acabe por hacerlo- radicalizaría aún más de lo que lo está un panorama catalán al borde del infarto.
La regla es fácil de explicar: la apuesta independentista de Laporta obligaría a ERC a subir la suya para poder competir con él y no perder voto radical, lo que llevaría a CiU a hacer otro tanto para competir con ERC y no perder su voto más nacionalista, lo que se traduciría en que el PSC se corriese, aún más de lo que por desgracia ya lo está, hacia el nacionalismo, para competir con CiU y evitar la fuga de su voto más catalanista.
De este modo, frente a lo que ocurre en la mayoría de las democracias asentadas, en las que los partidos pujan por acercarse al centro -donde se concentra la mayor parte del cuerpo electoral-, en Cataluña ha venido a suceder, a fuerza de empeñarse en ello, todo lo contrario: la competencia partidista no es allí centrípeta, sino centrífuga, lo que ha tenido un efecto que, tras muchos años de lo mismo, es ya perfectamente constatable: poco a poco va aumentando en Cataluña el porcentaje de población que está a favor de la independencia.
Según la teoría oficial dominante del progresismo de salón (hoy socialpopulismo), esta peligrosísima deriva sería culpa del nacionalismo español, que habría radicalizado a los nacionalistas catalanes. Tal espejismo, que tiene mucho de farsa y mucho de delirio, exime de toda culpa a la insaciable voracidad nacionalista y, desde luego, al PSC, cuya deriva nacionalista tendría por finalidad ¡frenar el avance de los nacionalismos!
La realidad ha sido, sin embargo, la contraria: que nadie como el actual Partido Socialista ha hecho tanto por dar verosimilitud a las exigencias de los nacionalistas y por meter en el discurso político una cuestión que hasta el irresponsable viraje del PSOE solo preocupaba a un pequeño porcentaje de la población. Ver a Montilla -que hizo su carrera en el PSC como líder de su sector españolista- manifestándose de la mano de los independentistas en contra del Tribunal Constitucional es la mejor prueba de hasta dónde han llegado estos socialistas en su afán por seguir en el machito.
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