De Rodin a Iker. La manera más elegante de tapar una boca es besarla. E Iker lo que hizo al besar a Sara fue tapar todas las bocas que dijeron tonterías durante el Mundial. Desde aquella primera página desafortunada del periódico británico al último de los envidiosos que deseaban que Casillas se convirtiera en rana al besar a la periodista. Los mismos envidiosos que ya desean que les vaya mal, que se peguen un tremendo tortazo por famosos, jóvenes y guapos. Antes eran toreros y folclóricas, ahora son futbolistas o príncipes y periodistas. Las chicas son las reinas de la sociedad mediática. El beso mundial fue espontáneo. Justo lo que haría y hace cualquiera de nosotros que aún no se haya necrosado en una seta sin sentimientos. Un beso es ese segundo en el que pierdes las referencias, en el que das varias vueltas al mundo (a la copa del mundo en el caso de Iker y Sara), en el que confundes izquierdas con derechas, en el que tu centro de gravedad está en el corazón del otro. Un beso es el imán de dos deseos. Es la herida del amor. Es una tormenta de cometas. ¿Por qué cerramos los ojos al besar? Porque es un instante para soñar. Ya sé que, para los amargados, es muy duro que Iker tenga en una mano la copa del mundo y en la otra a Sara Carbonero, con esos ojos que le arden en la cara como dos bengalas. Bésala, mucho. Los besos en plural son la mejor señal de emergencia del ser humano: beSOS.
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