Mientras apresuro esta crónica, las noticias del Estatuto de Cataluña son claras en un aspecto y confusas en los demás. Claras en lo básico: hay sentencia del Constitucional y ante ello solo cabe una exclamación, ¡ya era hora! Confusas en el contenido, porque se conoce el número de artículos considerados inconstitucionales (catorce), pero no el texto literal de una sentencia muy amplia y detallada. Se desconoce, por tanto, la base jurídica en que sustenta la aceptación de la mayoría del articulado, qué dicen los votos particulares, o cuál es la versión interpretativa que se hace de otra veintena de artículos. Pese a todo, algunas cosas se pueden decir.
La primera, que hoy se puede hacer cualquier valoración. Se puede asegurar que la mayor parte del Estatut (casi el 90%) ha pasado la criba. De esta forma, el Tribunal quita la razón a quienes aventuraban que la norma era «inconstitucional desde el preámbulo hasta la última línea». Pero también se puede decir que ha sufrido una poda muy importante, como subraya una comunicación literal que me llega del Partido Popular vía SMS: «Ojo al detalle, el TC cuestiona 50 artículos, entre nulos e interpretados». Quedémonos también, pues, con la lectura que recomienda el PP. Podemos estar asistiendo a una curiosa batalla por la atribución del éxito. Con una singularidad: cuanto más explote algún triunfo el partido de Rajoy, más se estará alimentando el malestar político de Cataluña.
La segunda, que, si hay algún varapalo, lo recibe el nacionalismo catalán. María Emilia Casas no tenía otro remedio. Tenía que ceder ante el magistrado Manuel Aragón, que no aceptaba ni la palabra nación, ni los «símbolos nacionales de Cataluña». Sobre la primera, recogida en el preámbulo, se afirma que no tiene validez jurídica. Los segundos aparecen referenciados exclusivamente al concepto «nacionalidad», que es el aceptado por la Constitución. Cuando escribo, todavía no se han pronunciado ni CiU ni Esquerra; pero temamos lo peor, porque se han mostrado más intransigentes ante esos términos que ante el otro gran capítulo recortado, que es la Justicia.
A nadie se le oculta que estamos ante un momento muy delicado, perturbado además por el clima electoral. La sentencia puede ser buena, pero también el foco de un gran conflicto, si provoca rechazo político o sirve para alimentar las voces que hablan del desapego o que crecen bajo la idea de que se recorta su derecho al autogobierno. Nos espera, señores, un gran festival de palabras. Veremos una carrera por ver quién es más catalanista, y Montilla se puso a su cabeza. Como primera contradicción, apunto esta: castigada la versión más nacionalista, se dan alas al nacionalismo catalán.
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