Dicen que Zapatero busca nuevas caras para su Gobierno. Él lo desmiente, como debe ser. Cada presidente tiene su modelo de respuesta a estas intrigas. Felipe González, cuando había rumores, contestaba que a él no le hacían la crisis desde los periódicos. Otro día que estaba menos agresivo respondió que no tenía tiempo para cambiar. Aznar era de otro estilo. Le apetecía blandir sobre las cabezas de su equipo la espada del cese, y se inventó la libreta azul, donde estaban los ministrables, los cesables y todos los designios de su indiscutida autoridad. Y ahora tenemos a Zapatero. Todo el mundo le dice lo bien que le vendría poner otras caras, pero él se resiste: lo urgente, ha venido a decir, es sacar a España del lío en que está metida. Deducción lógica: si estos ministros actuales nos van a sacar de la postración, que sigan. ¿Para qué queremos otros? ¿Para cobrar la pensión dentro de dos años?
Este cronista no se atreve a hacer ningún pronóstico sobre los designios del señor Zapatero. Desde que sabemos que a César Antonio Molina lo mandó a casa porque necesitaba más glamur en el Ministerio de Cultura, ¿para qué molestarse en encontrar razones lógicas? Hay otro ex ministro, cuyo nombre no estoy autorizado a revelar, que cesó porque el presidente necesitaba su despacho para una mujer, por aquello de cumplir con la paridad. Con esos antecedentes, ¿quién se atreve a descubrir o aportar una anotación objetiva sobre la composición del Consejo de Ministros?
Aquí el más realista ha sido Miguel Boyer, gato escaldado que abandonó el Gobierno por amor, y no precisamente al ministerio que ocupaba. Ha dicho, como sabe el lector, que él renuncia a ser ministro por dos razones importantes: edad y salario. Y echó sobre todos una grave responsabilidad: tal como está pagado ese cargo, solo los analfabetos estarán dispuestos a ocupar un ministerio. Se agradece la sinceridad, pero hay que hacer una pregunta: la designación de analfabetos ¿es una previsión de futuro, o es la descripción de algo ya ocurrido?
Y en cuanto al fondo, hay que aceptar el diagnóstico de Boyer: tendremos una clase política devaluada, de mala calidad y peor presencia, mientras en cualquier empresa privada, con menos focos, les paguen mucho más. Ya sé que es muy importante la vocación, el servicio público y todo eso; pero, si no van acompañados de un salario a la altura, los cerebros huirán de la función pública, si no han huido ya.
Mi propuesta es: suban el sueldo a los ministros. Háganlos competitivos. Pero márquenles objetivos y exíjanles resultados, como se haría en la empresa privada. Si los consiguen, que les paguen una gratificación. Si no los consiguen, a la calle. Me parece una buena forma de empezar a hablar.
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