La fusión de las cajas gallegas, única manera de conservarlas, está por fortuna más cerca, a pesar de que continúa irresuelto por personalismos el principal escollo: quién manda. En contra de lo que vino sosteniendo el PSOE por boca de relevantes dirigentes, el Banco de España considera viable la fusión. También se ha alcanzado un acuerdo para repartir al 50% el consejo de administración de la futura entidad. Esa solución salomónica entre Caixa Galicia y Caixanova marca la línea para saldar una alianza sin abrir graves heridas territoriales: la grande cede un poco para no agraviar a la zona de influencia de la pequeña y acepta una solución paritaria.
Caixa Galicia tiene 2 millones de clientes y Caixanova 1,2 millones. La mayor dispone de 30.000 millones en depósitos, diez mil millones más que la menor. Caixa Galicia, que desde el principio aceptó estudiar la fusión, es mucho mayor que Caixanova, que intentó boicotearla desde el comienzo. Pero la más grande ha entendido que la caja única gallega solo puede nacer con equilibrio en el puesto de mando y con generosidad. Ha renunciado al rodillo que dictan los datos empíricos, pues lógicamente Vigo y su área de influencia no lo consentirían. Pero tampoco puede tolerarse el rodillo a la inversa, pues provocaría una auténtica conmoción social en la Galicia que más aporta al proyecto.
La fusión sigue trabada en el quién va a mandar. Fernández Gayoso, con el visto bueno tras las bambalinas de José Blanco, pide un absurdo: entronizarse como presidente y situar como director general a quien hasta ahora ha sido su mero apéndice, José Luis Pego. Es decir: la caja pequeña poseería todo el poder ejecutivo, para estupor y desconcierto de los 2 millones de clientes de Caixa Galicia y sus 4.500 empleados. Pasarían a tener como jefes absolutos a quienes intentaron desacreditar su marca y se opusieron ceñudamente a la fusión. Una situación inaudita e inédita, que llevaría a muchos impositores a repensar si están cómodos ahí o se van con sus ahorros a otros pagos.
Núñez Feijoo lleva un año gobernando. No hay mucho aún en su balance de logros. El paro sigue tan mal como siempre (o peor: en el primer trimestre Galicia fue la segunda autonomía donde más creció). La licitación de obra pública de la Xunta se desmoronó (un 41,5% menos, según los constructores). Los planes para el territorio han levantado alarmas (vuelve la barra libre para los concellos). Su discurso enfatiza una y otra vez dos ideas básicas: no hay ni un duro y los anteriores lo hicieron muy mal. Feijoo ha tenido, con todo, aportaciones positivas. Una ha sido su intensa pelea para salvaguardar el poder financiero gallego, intentando la fusión de las cajas. La otra es su idea filosófica de superar los localismos y apoyar una Galicia global. Si ahora tolera un aberrante reparto de poder en la nueva caja, que abriría una herida para largos años en la mitad del territorio, Feijoo estará alimentando como nunca antes el localismo. Se puede evitar. Lo óptimo serían caras nuevas, como piden los sindicatos, la opinión pública, el BNG y hasta el portavoz parlamentario del PSdeG. Y lo imprescindible es un reparto del poder nivelado (y ahí el presidente gallego es rehén de sus propias palabras, pues ha enfatizado una y otra vez que la unión debe ser equilibrada y que el personalismo de uno no puede torpedearla, algo que acaba de remachar Rajoy señalando directísimamente el ego de Gayoso).
Intentar que la lubina se coma a la merluza equivale simplemente a hacer imposible la unión. Así no saldrá. Nadie puede pretender colgarse la medalla de la fusión a costa de humillar, precisamente, a la Galicia que más ha apostado por el proyecto común de país.
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