Algunos parecen empeñarse en prolongar la Semana Santa para Benedicto XVI por noticias sobre abusos sexuales a niños cometidos por sacerdotes y religiosos. Se trata de hechos acaecidos hace décadas. La información se ha activado con motivo de un informe oficial en Irlanda el año pasado y revelaciones en otros países de Europa. El contagio informativo induce a pensar en una campaña. No es veraz la insinuación que pretende involucrar al Pontífice, pero se afirma que esos escándalos serán lo más importante de su legado al cumplirse el quinto aniversario de su pontificado.
La Iglesia católica no está formada por personas impecables. Juan Pablo II comenzó el nuevo milenio arrodillado a la puerta de la iglesia de San Pedro, pidiendo perdón por las infidelidades de los cristianos a lo largo de la historia. Su sucesor, en carta a los católicos de Irlanda, reconoce la desazón y el sentimiento de traición de esos actos «pecaminosos y criminales», y se ha reunido con las víctimas compartiendo esos sentimientos. No fue ni la primera, ni la última de sus manifestaciones. Para la Iglesia no son solo un delito, cuyo enjuiciamiento corresponde al Estado, sino algo más profundo que grava la conciencia.
La lectura que se hace de esos actos reprobables y reprobados ayuda a confirmar la idea de campaña. Se aprovechan para sostener que su causa es el celibato que la Iglesia tendría que suprimir. Una preocupación sorprendente para quienes se sitúan a extramuros de ella o a su margen. Más sorprendente es que desde «la comunión de la fe cristiana» se defienda aquella tesis a la que se liga «abandonos de la Iglesia», en una carta abierta a los obispos católicos de un antiguo colega universitario del entonces Joseph Ratzinger.
La desbandada ocurrió en las décadas en que se produjeron los hechos. Entonces, como recuerda Benedicto XVI, «se dejaban de lado las prácticas sacramentales y devocionales que sostiene la fe», sacerdotes y religiosos adoptaron «formas de pensamiento y de juicio de las realidades seculares sin suficiente referencia al Evangelio», y la jerarquía tendía a «evitar los enfoques penales de las situaciones canónicas irregulares». Clérigos mundanizados. Comportamientos personales desarreglados que, en casos, se cubrían con críticas a las estructuras. Hubo, efectivamente, vaciamiento de seminarios y secularizaciones. No se trata de juzgar a nadie, pero el resultado de ello puede comprobarse en la educación.
De la circunstancia actual se cuelgan propuestas para las que se utilizan términos de la dialéctica política. Se imputa al Papa interpretar de forma retrógrada los textos conciliares, de absolutista, de nombrar obispos reaccionarios. Es injusto que el doctor Küng impute a Benedicto XVI haber movido al decano del colegio cardenalicio a que proclamase su inocencia. Lo que este manifestó fue la gozosa realidad pascual de que el Papa, cuya autoridad moral e intelectual es ampliamente reconocida, está muy acompañado en todo el mundo.
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