Si todos aceptásemos de una vez y de buen grado la evidencia de que las lenguas de Galicia son las que hablamos los gallegos, es seguro que saldríamos ganando tanto unos como otras. Ese reconocimiento sentaría las bases de una armonía lingüística que hoy brilla desgraciadamente por su ausencia y permitiría además abordar la cuestión de cómo apoyar, respetando los derechos de todos, a una de las dos lenguas del país, que pierde hablantes en beneficio de la otra.
La información que acaba de hacer pública una institución de cuya seriedad no cabe sospechar (el Instituto Galego de Estatística) demuestra, con datos rigurosos, lo que todos los gallegos percibimos: que Galicia es un país bilingüe, que el gallego pierde espacio social en favor del castellano y que la distribución del dominio lingüístico de ambos se produce en función de la edad y el hábitat de la población (a su vez muy vinculados) según una regla casi matemática: cuanto más rural es el hábitat y más alta la edad de los hablantes más crece el uso (único o preferente) del gallego; por el contrario, cuanto más urbano es el hábitat y más baja la edad de los hablantes, más se incrementa el uso (único o preferente) de la lengua castellana.
Tales datos prueban algo que solo desde el sectarismo lingüístico más cerril puede ya ponerse en duda: que seguir operando con una previsión normativa (la de que el gallego es, según nuestro Estatuto, la lengua propia de Galicia) como si aquella fuese, en realidad, una descripción de sociología lingüística solo puede conducir a enconar los ánimos de una sociedad cuyos habitantes desean, en su inmensa mayoría, lo mismo que los de cualquier otro sitio del planeta: que no se les discrimine por hablar su propia lengua.
Pero los datos del IGE demuestran otra cosa: que todo ese experimento de ingeniería social denominado normalización lingüística -origen de injusticias y sufrimientos para muchísimos gallegos- no ha conseguido ni de lejos el auténtico objetivo que con él se perseguía: cambiar los hábitos idiomáticos de los habitantes de Galicia.
El hecho de que el número de gallegohablantes haya bajado un 8% en cinco años, o el de que el grupo de edad (5 a 14 años) donde el dominio del castellano es abrumador (un 65%) sea precisamente el de quienes han estudiado en gallego al menos la mitad de sus materias pone de relieve que, hablando de lenguas, una cosa es la aptitud (la capacidad de hablarlas) y otra la actitud: la disposición a hacerlo libremente.
A lo primero puede ser uno constreñido, pero nunca a lo segundo. Mientras quienes deben hacerlo no entiendan tan obvia diferencia, las cosas seguirán como hasta ahora: con mucha normalización, pero con el gallego en descenso permanente.
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