La culminación del despropósito es el pacto por la demografía, que es como el canto del cisne de un país decadente. Pero antes ya nos habían tomado el pelo con otras propuestas que baten nuestros oídos, como las granizadas de mayo: pacto por el idioma, por el territorio, contra la crisis, por el AVE, contra el transfuguismo, por la educación, por el empleo y, espero que alguien lo haya ofrecido, por las benditas ánimas del purgatorio.
En el marco de un tremendo deterioro del oficio de la política, la palabra pacto suena a huera en todos los discursos. Y por eso ha llegado la hora de hacer una seria advertencia sobre la devaluación de este concepto sagrado al que el demócrata solo debe acudir cuando es necesario, cuando es realista y cuando todas las partes se han movido hacia un punto de encuentro.
Lo esencial de la democracia no es el pacto, sino la controversia, y por eso hay que considerar poco maduros a los políticos que cuando fracasan, o cuando le tienen miedo al desgaste que generan sus decisiones, se protegen detrás de los pactos y hurtan el debate a los ciudadanos. Así que haríamos muy bien si, en vez de dar por buenos todos los chalaneos, nos enfrentásemos a los políticos pidiendo más gobierno y menos profilaxis.
¿Qué significa un pacto por el idioma cuando se trata de cerrar un conflicto abierto unilateralmente por puros motivos electorales? En este caso, por ejemplo, la Xunta no necesita pactar, sino recuar, y abandonar la demagogia. ¿Qué significa un pacto por el territorio que siempre se pide tarde y sobre acciones parciales? Pues nada que no sea buscar complicidad para las cesiones flagrantes y para amnistías encubiertas. ¿Y qué significa el pacto del Obradoiro sobre los plazos del AVE, cuando solo una parte tiene capacidad para proyectar, presupuestar, ejecutar y modificar lo pactado? Pues nada que vaya más allá de una foto que cede el ejecutor de la obra a cambio de que el choromicas de turno deje de darle la lata con las famosas fechas del 31 de diciembre del 2008, 2010, 2012, 2015 y 2017.
En esta línea de despropósitos, el debate del estado de la autonomía del martes nos trajo dos propuestas inenarrables: el «pacto polas caixas», para ver si cargamos entre todos con el desastre generado por la gestión de Feijoo; y el «pacto pola demografía», para que todos asumamos que gallego -en el buen sentido- es sinónimo de jubilado, y que todo depende de una inmigración que debe darle a este país la sangre y la juventud que no tiene, a cambio de meter nuevos colores, nuevas culturas y nuevos dioses que vienen a competir con nuestras romerías.
Porque los pactos bien hechos pueden servir para gobernar. Pero cuando no hay Gobierno solo sirven para amolarnos.
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