El único contraste sustancial entre el debate sobre el estado de la autonomía y otros que se celebran anualmente en el Parlamento de Galicia es que el primero, a diferencia de los demás, se transmite por la televisión y por la radio. Lo que supondría, ciertamente, una diferencia sustancial si esa retransmisión pegase literalmente a sus asientos a un porcentaje significativo de gallegos, dispuestos a seguir con atención lo que piensan el presidente de la Xunta y los líderes del PSdeG y el BNG sobre el estado político y social de la comunidad autónoma gallega.
Ocurre, sin embargo, y como todo el mundo sabe, que las cosas discurren de un modo muy distinto: año tras año, el número de personas interesadas por las evoluciones de los tres primeros políticos gallegos en el interior del hemiciclo santiagués no hace otro cosa que caer. Tal hecho resultaría sorprendente si no fuese, sencillamente, inevitable a la vista de cómo la inmensa mayoría de los políticos españoles actuales entienden el oficio que, provisionalmente, desempeñan.
Porque la pura verdad es que el desarrollo del debate sobre el estado de la autonomía le importa a muy poca gente, no porque nuestra ciudadanía esté aburramiada y pensando solo en la comida y en los coches, sino porque resulta un rollo soporífero.
Para no defraudar al respetable, tanto el presidente de la Xunta como los dos líderes de los partidos que acaban de pasar a la oposición después de compartir cuatro años de Gobierno, se han comportado como todo el mundo suponía.
El presidente Feijoo no se separó del guión que cabía prever y expuso un largo discurso lleno de números y de prolijos detalles en el que era tan fácil perderse como complejo encontrar un verdadero hilo conductor. Tampoco Pachi Vázquez y Carlos Aymerich introdujeron ninguna innovación en la rutina opositora, y entraron sencillamente a darle tanta leña al Gobierno como cupiera en el tiempo en el que el reglamento les permite intervenir.
Las réplicas y contrarréplicas ofrecieron, como es también habitual, más espacio a la espontaneidad y el lucimiento de los diestros, pero, al final, todos -salvo la forofada respectiva- nos quedamos con la sensación de que se ha vuelto a perder una buena oportunidad para ahorrar en leña y en detalles y centrarse en lo esencial: cómo estamos y hacia dónde debemos caminar.
Tal ausencia, no por repetida, menos lamentable, resultaría, en todo caso, relativamente relevante si no fuese porque atravesamos una monumental crisis económica a la que nadie es capaz de poner plazo y a la que nadie se atreve a meter mano. Porque esta es la verdad: que, como escribía con mucha razón hace tres días el editor de este periódico, «Galicia ya no puede esperar más».
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