Sucedió en Vigo. Pero pudo pasar en Chicago. Vivimos en una sociedad que tiene fe ciega en las medicinas. No somos capaces de soportar el dolor. Queremos vivir sin enterarnos. Copiamos el modelo norteamericano en casi todo. Nos drogamos como ellos. Buscamos la manera más sencilla de anular los conflictos. Escriben con acierto los profesores de Toxicología, Manuel López-Rivadulla y Angelines Cruz, que cada vez se recurre más a la sumisión química. Para lo bueno y para lo malo. Damos y tomamos analgésicos y tranquilizantes sin parar. Tratamos de alterar una realidad que no nos gusta o, más bien, nos disgusta abiertamente. No queremos que los bebés lloren. Pensamos que los dolores de cabeza no existen. Nos queremos saltar la angustia. Y así, muchas veces, atacamos los síntomas, pero no el conflicto real. Si dejas a un bebé que no puede protestar en una guardería quieres todas las garantías. Es lógico. No hay nada más frágil e indefenso. Cualquier acto contra ellos es una aberración. Si se hiciesen test de dopaje más allá del ciclismo, nos quedaríamos alucinados de la cantidad de drogadictos con apariencia normal que caminan por las calles, con los que compartimos aceras y trabajos. Somos zombis. Dopados hasta las cejas, no nos molestamos en leer la letra pequeña de los prospectos que gobiernan nuestras vidas. Borramos los problemas de golpe. En vez de un plumazo, utilizamos un pastillazo.
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