La sesión parlamentaria sobre el estado de la autonomía siempre es lo que el presidente de la Xunta quiere que sea. Porque él es el que -con un discurso libre en forma, tiempo y materia- abre el debate; y el que elige unificar o fragmentar las respuestas a sus adversarios; y el que pone voz, cuando quiere, a todas las conclusiones.
Por eso creo que la culpa del tostón de ayer la tiene Núñez Feijoo. Porque en vez de optar por revisar y proyectar su acción de gobierno, prefirió repetir una investidura milagrera y escasamente creíble, como si su gestión estuviese inédita, y como si nada tuviese que explicar, corregir o cambiar. En vez de superar la etapa de las elecciones, volvió a repetir sus tópicos. En vez de explicar con precisión sus avances y fracasos, optó por pintar una gestión fantasiosa que no aguanta la más mínima confrontación con la realidad. Y en vez de ser conciso en el diagnóstico del presente y en las pautas de gestión para el futuro, prefirió hablar de todo, como si las palabras fuesen hechos, y como si desmontar el pasado fuese arreglar el presente. Lo abarcó todo, como si estuviese leyendo el índice de un libro, pero apretó muy poco. Y eso, en términos parlamentarios, es un error.
Quizá por eso, a la oposición le fue muy fácil desvelar la falacia de una gestión milagrosa. Porque la sola mención del modelo de ahorro y austeridad elegido, de la reforma administrativa abortada, del decreto sobre el gallego en la enseñanza, del indescifrable batiburrillo eólico, y de la lamentable gestión sobre la fusión de las cajas, del fracaso de la financiación autonómica, bastó para dejar sobre el hemiciclo del Hórreo una gran sensación de inconsistencia.
La oposición, hay que decirlo, también equivocó su estrategia, porque al centrar sus respectivos discursos en la comparación entre Feijoo y el bipartito, y al mostrar mucho más interés en defender la gestión ya juzgada y castigada por las urnas que en analizar el momento presente, le dieron a Ruiz Rivas, el portavoz del PP, la oportunidad de alzarse con un discurso encendido que, con un estilo bronco y demagógico a la vez, mezcla perfecta de Pita y Portomeñe, neutralizó con gran eficacia los ecos políticos del discurso opositor, y mostró en toda su autenticidad, con sus virtudes y defectos, la fuerza parlamentaria del PP y su perfecta conexión con el discurso de la calle.
Así las cosas, creo que el discurso de Feijoo -que tuvo gran fuerza parlamentaria en la primera réplica- se caracteriza y resume en la volatilidad de los cinco pactos en los que se resume -más que su gobierno- su concepción del poder, muy personal en los éxitos y proclive a compartir todos los fracasos. El discurso de Carlos Aymerich, que fue formalmente correcto, no fue capaz de desprenderse de la nostalgia del bipartito y de una cierta patrimonialización de Galicia. Y de Vázquez, que estuvo nervioso como un opositor, me gustó una frase muy certera: «Vostede -señor Feijoo- é especialista en poñerlle prazos aos diñeiros dos outros».
Pero en conjunto, salvando minutos muy brillantes, creo que el debate no encontró el tono que todos necesitamos.
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