Demasiados intereses espurios están convirtiendo las críticas horas que vive Galicia en un tiempo de náusea. Resulta más que decepcionante mirar al país ante el espejo y asistir de nuevo a otro desguace -uno más- mientras cada cual parece más interesado en hacer sucumbir al rival que en ayudar a trazar algún signo positivo para el futuro de esta tierra.
A lo largo de la historia ha sucedido esto con bastante frecuencia, pero ya es hora de declararse inconformista y decir basta. Nosotros, los gallegos actuales, no podemos ser la generación que quede ante las futuras como la responsable de haberlo perdido casi todo. Está aún reciente la entrega a capital foráneo de nuestros recursos energéticos y nuestros ríos a cambio de nada. Asistimos en vivo y en directo al declive de nuestro sector lácteo, arruinado por la inacción de los gobiernos gallego y español y engullido por la codicia de nuestros competidores, ávidos de aprovechar sus ventajas en el desigual mercado común. Tiramos por la borda la que antes fue imbatible potencia pesquera y somos incapaces de sacar partido a nuestros recursos para convertir a Galicia en lo que por naturaleza le correspondería: ser la primera referencia de Europa en el sector de la acuicultura. Y por si todo esto no fuese suficiente, mientras soportamos el coste de instituciones superfluas como cámaras de comercio, diputaciones o Senado, ahora ponemos en grave riesgo la pervivencia de uno de los pilares fundamentales en los que se basa el funcionamiento de la economía gallega.
Posiblemente sea cierto que hasta ahora no todo se ha hecho bien en la gestión de las cajas. La fascinación por el dinero fácil las ha llevado a empeñarse en exceso en la burbuja inmobiliaria, y la falta de perspectiva les ha hecho desorientarse en gastos inapropiados -como se ha visto hace unos días con grandiosas inauguraciones en tiempos de grave crisis-, en lugar de centrarse en los fines de desarrollo, educación y compensación social que justifican la peculiar existencia de estas instituciones.
Pero los posibles errores de gestión del pasado -sobre los que alguna responsabilidad tendrá, en todo caso, el Banco de España- no pueden tener como consecuencia la muerte. Es decir: la entrega de sus activos a otras entidades foráneas.
La desaparición -porque de eso se trata- de las dos cajas de ahorros con que cuenta Galicia puede ser en esta hora algo ya prácticamente sellado. No permitir o no promover su fusión quiere decir que al cabo de muy pocos meses las dos serán deglutidas irremisiblemente por otras más audaces o más favorecidas, y sus centros de decisión desaparecerán de Galicia.
Dicho de otro modo: todos los recursos y todos los ahorros que han generado los gallegos y que han hecho crecer estas dos instituciones, emigrarán. Pasarán a estar al servicio de entidades sin ninguna vinculación ni compromiso con Galicia. Así, los emprendedores, los autónomos, los empresarios, los trabajadores y en general todos los ciudadanos que abran una cuenta o pidan un préstamo podrán ser clientes de muchos gigantes de las finanzas, pero ninguno de estos estará comprometido con ellos y sus empresas.
La necesidad de fusionar las dos cajas gallegas, por tanto, no es una alternativa más, sino una cuestión de supervivencia de nuestro sistema financiero. Si no se hace, este prácticamente desaparecerá.
Luchar por impedirlo parece algo aconsejado por el sentido común. Y sin embargo, ha dado lugar en Galicia a una de las mayores y más deplorables confrontaciones que se hayan vivido en la historia reciente. En este momento en que, desgraciadamente, se acaba el tiempo, se pueden identificar ya muchos errores y muchas responsabilidades. El proceso no solo tiene la particularidad de hacernos ver qué poco duele Galicia en muchos corazones, sino que ha llegado a unos límites en que se está volviendo intragable hasta el asco.
En primer lugar, llama la atención el sentido de propiedad particularista que han adquirido aquellos encargados de llevar las riendas de estas entidades. Todos, menos ellos, sabemos que no son propietarios, sino empleados, que ocupan sus lugares vinculados por contrato laboral o por mandato de las asambleas, de las que en algún caso forman parte en representación de los depositantes de la caja. ¿Cómo pueden erigirse, por tanto, en sus dueños?
Hay incluso quien, llevado por un exacerbado personalismo y por un ánimo irracional de perpetuación en el puesto, ha forzado tanto su desafío que fue necesario cambiar la ley para generar una nueva mayoría que venza su oposición.
En segundo lugar, haber llegado hasta tal punto significa un fracaso estrepitoso de la política, ya que se ha reemplazado el pacto y el consenso por la imposición por vía legislativa. Quienes tienen la alta responsabilidad de dirigir el Gobierno y regular la economía de Galicia han contribuido con su parte alícuota a esta equivocación colectiva, que se traduce en convertir las instituciones en un campo de batalla.
Pero aún ha sido peor el papel de la oposición. Porque, olvidando la obligación primordial de defender los intereses supremos de Galicia, ha valorado únicamente la oportunidad de dañar al contrario y hacerle morder el polvo en la lucha electoral. Y más patética es todavía la impostura de esta oposición cuando, para flagelar más a su rival, aprovecha que en esta legislatura el Gobierno central es de su color y lo usa como un cañón contra la Xunta.
Pocas mentes pueden creer hoy que el problema insalvable en este asunto derive de la presunta inconstitucionalidad de la ley de cajas. Aun siendo técnicamente así, se sabe que un arreglo político permitiría en minutos un arreglo jurídico que volviese el texto perfectamente constitucional.
Hay todavía más culpables de esta náusea. Uno, el alcalde que aprovecha enfermizamente la baza del localismo en su propio beneficio electoral, sin importarle siquiera lanzar peligrosos bulos que, si quien los propala tuviese más credibilidad, podrían haber generado graves quebrantos. Otros culpables son los que jalean enfrentamientos inventándose conspiraciones. Y sobre todo -hay que decirlo- los que callan. Todos los que callan, sea por desidia, por no significarse o por mantenerse incólumes en los rangos del amiguismo. Demasiados intereses particularistas en juego. Y prácticamente nadie, ni siquiera esa tan invocada sociedad civil, se siente llamada a defender activamente el interés general de todos los gallegos.
A día de hoy el proceso ha degenerado tanto, que ya empieza a intuirse que Galicia puede quedarse sin sus dos cajas. El tiempo se acaba y nadie parece dispuesto a reflexionar y mover su posición. Nadie quiere ceder nada, ni amputarse un solo dedo en la batalla. Así que esta crisis solo dejará secuelas negativas. Será recordada, seguramente, por haber elevado a alturas que nunca se habían alcanzado antes lo peor de los localismos mezquinos, que están intentando provocar una ruptura entre el norte y el sur de esta tierra conciliadora.
Prácticamente nadie parece interesado en contribuir a vertebrar Galicia. Sin embargo, ahora que se pone de moda lo contrario, este periódico y esta casa consideran una feliz obligación mantener más vivo que nunca el histórico proyecto integrador que se resume en su título. Y lo harán, como hasta ahora, con la entrega de los más de trescientos periodistas que forman las catorce redacciones distribuidas por toda Galicia, y con el apoyo inmensurable de los integrantes de su fundación, depositaria del futuro del diario y muestra única de que es posible fundir los mejores talentos en favor de esta tierra. Ni ellos, ni este editor, ni las futuras generaciones podrán aceptar nunca que sean desdeñados los nobles intereses de Galicia.
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