Solo era cuestión de tiempo, de saber elegir el momento para anunciar el abandono activo de la política. En realidad, el ex presidente Touriño la había abandonado hace diez meses, con ocasión del traspaso de poderes a Feijoo. Se acaban trece años de vida pública en Galicia, pero es todavía demasiado pronto para hacer un balance objetivo, que solo los hechos y el paso del tiempo evidencian, de su etapa como presidente de la Xunta. Seguro que más de uno respira aliviado en las filas socialistas, como también más de uno empieza a encontrarse más desubicado y urgido de redefinir su posición y adhesión en el partido. La impresión es que se manda desde Madrid, y no tanto desde Santiago.
Ha hecho bien el diputado dejando su escaño, dada su actitud al haber renunciado de facto durante diez meses a asumir las obligaciones que le competían frente a la Cámara y, por tanto, frente a la ciudadanía. No era admisible que alguien que había copado la máxima magistratura en Galicia hiciese dejación de sus funciones. Probablemente tenía que haber renunciado hace tiempo a ese escaño vacío.
La historia no siempre es ingrata, y tarde o temprano cada cuál será aupado o defenestrado al lugar que le corresponde. Ya lo dijo otro ex presidente socialista, aunque este del Gobierno central: un ex presidente es como un jarrón chino, una porcelana valiosa pero inútil y que nadie sabe dónde ubicar. Gozan de prestigio social y cierto respeto, pero estorban a los delfines que se han convertido en jefes o aprendices de líderes. El tiempo situará en su verdadera dimensión el perfil y la talla política y humana de Touriño.
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